¿Por qué el fútbol?

Leemos:
Pelotazo a Villoro (Juan), Por Martín Caparrós
El fútbol es uno de los grandes inventos de la modernidad, y tiene una curiosa particularidad: podría perfectamente no existir. ¿Te has parado a imaginar, Villoro, un mundo sin fútbol? Los hechos culturales de ese calibre suelen mostrar cierta lógica, cierta necesidad –que los hace más fácilmente comprensibles. Que el espectáculo de los antedichos muchachones haya tomado este carácter de religión mundial era impensable hace cien años –y, por supuesto, casi todo el resto habría sido igual sin eso. Por eso el fútbol es, entre otras cosas, una de las grandes intrigas de la historia cultural del siglo XX. Muchas veces me he hecho la pregunta: ¿por qué el fútbol?
Si tenía que ser un deporte, podía haber sido cualquier otro. A fines del siglo XIX, cuando Britania ruleaba los mares y vendía sus costumbres, había varios juegos que podían haber sido. Aquellos mismos barcos llevaron aquí y allá el cricket, el rugby, el remo, el tennis, el hockey, y sin embargo el football les ganó por goleada. Es obvio que, en esos tiempos de constitución de la sociedad moderna, de ruptura de los vínculos tradicionales, un deporte colectivo tenía ventajas sobre los individuales: hay algo muy fuerte en ese modo de sentirse parte, aliado con otros en busca de lo mismo. La sensación de armar algo más importante que uno en esa suma: la última tribu. Y, desde el punto de vista del espectador a punto de convertirse en hincha, es más fácil identificarse con un equipo que sigue siendo el mismo más allá de los cambios de hombres. Pero había otros deportes colectivos que se ofrecían al éxito. El cricket es un plomo intragable pero el rugby, por ejemplo, es muy parecido al football y, sin embargo, se quedó en minorías.
El football tiene un par de ventajas: parece menos peligroso, requiere más habilidad y menos fuerza física y sus reglas son más claras: lo entienden incluso los que no lo entienden. Se puede tocar la pelota con todo el cuerpo salvo con la mano, la pelota puede ir en cualquier dirección, cuando alguien la tira afuera un contrario la vuelve a poner en juego, no se puede violentar al contrario; sólo el offside es complicado –pero los partidos informales nunca lo incluyeron– y, en general, pese a su simpleza, ofrece cantidad de situaciones y variantes. Pero siempre creí que la ventaja inicial es que el football es mucho más adaptable: cuatro chicos con una pelota de papel pueden jugar a algo que se parece mucho al football; en cambio el basquet necesita un aro, el beisbol un bate, un guante y un espacio grande, el polo una tropilla, y así de seguido.
En el fútbol, además, cualquier chico puede ser un grande: Maradona, el mejor, era un gordito que la mayoría de los deportes habrían descartado antes de que se cambiara. Pero al fútbol pueden jugar todos: el petiso movedizo o el grandote casi torpe, el corredor desenfrenado o la mole que se planta, el más vivo de la clase y el más bobo; si hasta tú y yo hemos jugado alguna vez. El fútbol no es como otros deportes que exigen un físico o un carácter determinados: cada tipo de habilidad tiene su espacio, hay puestos para todos –sólo hay que descubrirse.
Se podría hablar mucho –el fútbol se ha convertido en una fuente incontenible de pavadas–, pero la gran diferencia es que el football tiene el goal. En otros deportes colectivos…
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