<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss version="2.0"
	xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
	xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
	xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
	xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
	xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
	xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
	>

<channel>
	<title>El Perseguidor</title>
	<atom:link href="http://www.elperseguidor.com/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
	<link>http://www.elperseguidor.com</link>
	<description>Entrelíneas, resonancias y vislumbres ...</description>
	<lastBuildDate>Thu, 22 Sep 2011 03:18:32 +0000</lastBuildDate>
	<language>en</language>
	<sy:updatePeriod>hourly</sy:updatePeriod>
	<sy:updateFrequency>1</sy:updateFrequency>
	<generator>http://wordpress.org/?v=3.1.4</generator>
		<item>
		<title>El hijo de Butch Cassidy</title>
		<link>http://www.elperseguidor.com/el-hijo-de-butch-cassidy/</link>
		<comments>http://www.elperseguidor.com/el-hijo-de-butch-cassidy/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 22 Sep 2011 03:16:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>El Perseguidor</dc:creator>
				<category><![CDATA[Balompié]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.elperseguidor.com/?p=745</guid>
		<description><![CDATA[Un formidable delirio del Gordo Soriano llega al cine. Los cineastas italianos Lorenzo Garzella y Filippo Macelloni exhibieron durante el último festival de cine de Venecia la historia del Mundial de 1942, disputado en la Patagonia, y obtenido por los Mapuches ante la selección alemana. A continuación, el cuento completo.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por Osvaldo Soriano</strong></p>
<p>El Mundial de 1942 no figura en ningún libro de historia pero se jugó en la Patagonia argentina sin sponsors ni periodistas y en la final ocurrieron cosas tan extrañas como que se jugó sin descanso durante un día y una noche, los arcos y la pelota desaparecieron y el temerario hijo de Butch Cassidy despojó a Italia de todos sus títulos.<br />
Mi tío Casimiro, que nunca había visto de cerca una pelota de fútbol, fue juez de línea en la final y años más tarde escribió unas memorias fantásticas, llenas de desaciertos históricos y de insanías ahora irremediables por falta de mejores testigos.<br />
La guerra en Europa había interrumpido los mundiales. Los dos últimos, en 1934 y 1938, los había ganado Italia y los obreros piamonteses y emilianos que construían la represa de Barda del Medio en la Argentina y las rutas de Villarrica en Chile se sentían campeones para siempre. Entre los obreros que trabajaban de sol a sol también había indios mapuches conocidos por sus artes de ilusionismo y magia y sobre todo europeos escapados de la guerra. Había españoles que monopolizaban los almacenes de comida, italianos de Génova, Calabria y Sicilia, polacos, franceses, algunos ingleses que alargaban los ferrocarriles de Su Majestad, unos pocos guaraníes del Paraguay y los argentinos que avanzaban hacia la lejana Tierra del Fuego. Todos estaban allí porque aún no había llegado el telégrafo y se sentían a salvo del terrible mundo donde habían nacido.<br />
Hacia abril, cuando bajó el calor y se calmó el viento del desierto, llegaron sorpresivamente los electrotécnicos del Tercer Reich que instalaban la primera línea de teléfonos del Pacífico al Atlántico. Con ellos traían una punta del cable que inauguraba la era de las comunicaciones y la primera pelota del mundo a válvula automática que decían haber inventado en Hamburgo. Luego de mostrarla en el patio del corralón para admiración de todos desafiaron a quien se animara a jugarles un partido internacional. Un ingeniero de nombre Celedonio Sosa, que venía de Balvanera, aceptó el reto en nombre de toda la nación argentina y formó un equipo de vagos y borrachos que volvían decepcionados de buscar oro en las hondonadas de la Cordillera de los Andes.<br />
El atrevimiento fue catastrófico para los argentinos que perdieron 6 a 1 con un pésimo arbitraje de William Brett Cassidy, que se decía hijo natural del cowboy Butch Cassidy que antes de morir acribillado en Bolivia vivió muchos años en las estancias de la Patagonia con el Sundance Kid y Edna, la amante de los dos.<br />
No bien advirtieron la diversidad de países y razas representados en ese rincón de la tierra, los alemanes lanzaron la idea de un campeonato mundial que debía eternizar con la primera llamada telefónica su paso civilizador por aquellos confines del planeta. El primer problema para los organizadores fue que los italianos antifascistas se negaban a poner en juego su condición de campeones porque eso implicaba reconocer los títulos conseguidos por los profesionales del régimen de Mussolini.<br />
Algunos irresponsables, ganados por la curiosidad de patear una pelota completamente redonda y sin tiento, se dejaban apabullar por los alemanes a la caída del sol mientras la línea del teléfono avanzaba por la cordillera hacia las obras del dique: un combinado de almaceneros gallegos e intelectuales franceses perdió por 7 a 0 y un equipo de curas polacos y desarraigados guaraníes cayó por 5 a 0 en una cancha improvisada al borde del río Limay.<br />
Nadie recordaba bien las reglas del juego ni cuanto tiempo debía jugarse ni las dimensiones del terreno, de manera que lo único prohibido era tocar la pelota con las manos y golpear en la cabeza a los jugadores caídos. Cualquier persona con criterio para juzgar esas dos infracciones podía ser el árbitro y así fue como mi tío y el hijo de Butch Cassidy se hicieron famosos y respetables hasta que por fin llegó el télefono.<br />
Hubo un momento en que la posición principista de los italianos se volvió insostenible. ¿Cómo seguir proclamándose campeones de una Copa que ni siquiera reconocían cuando los alemanes goleaban a quien se les pusiera adelante? ¿Podían seguir soportando las pullas y las bromas de los visitantes que los acusaban de no atreverse a jugar por temor a la humillación?<br />
En mayo, cuando empezaron las lloviznas, el capataz calabrés Giorgio Casciolo advirtió que con la arena mojada la pelota empezaba a rebotar para cualquier parte y que los enviados del Fuhrer , que ya probaban el teléfono en secreto y abusaban de la cerveza, no las tenían todas consigo. En un nuevo partido contra los guaraníes el resultado, luego de dos horas de juego sin descanso, fue apenas de 5 a 2. En otro, los ingleses que colocaban las vías del ferrocarril se pusieron 4 goles a 5 cuando se hizo de noche y los alemanes argumentaron que había que guardar la pelota para que no se perdiera entre los espesos matorrales. A fin de mes los pescadores del Limay, que eran casi todos chilenos, perdieron por 4 a 2 porque William Brett Cassidy concedió dos penales a favor de los alemanes por manos cometidas muy lejos del arco.<br />
Una noche de juerga en el prostíbulo de Zapala, mientras un ingeniero de Baden-Baden trataba de captar noticias sobre el frente ruso en la radio de la señora Fanny-La-Joly, un anarquista genovés de nombre Mancini al que le habían robado los pantalones se puso a vivar al proletariado de Barda del Medio y salió a los pasillos a gritar que ni los alemanes ni los rusos eran invencibles. En el lugar no habia ningún ruso que pudiera darse por aludido, pero el ingeniero alemán dió un salto, levantó el brazo y aceptó el desafío. El capataz Casciolo, que estaba en una habitación vecina con los pantalones puestos, escuchó la discusión y temió que la Copa de 1938 empezara a alejarse para siempre de Italia.<br />
A la madrugada, mientras regresaban a Barda del Medio a bordo de un Ford A, los italianos decidieron jugarse el título y defenderlo con todo el honor que fuera posible en ese tiempo y en ese lugar. Sólo cinco o seis de ellos habían jugado alguna vez al fútbol pero uno, el anarquista Mancini, había pasado su infancia en un colegio de curas en el que le enseñaron a correr con una pelota pegada a los pies.<br />
Al día siguiente la noticia corrió por todos los andamios de la obra gigantesca: los campeones del mundo aceptaban poner en juego su Copa. Los mapuches no sabían de que se trataba pero creían que la Copa poseía los secretos de los blancos que los habían diezmado en las guerras de conquista. Los ingleses lamentaban que sus enemigos alemanes se quedaran con la gloria de aquel torneo fugaz; los argentinos esperaban que el gobierno los sacara de aquel infierno de calor y de arena y en secreto tramaban un sistema defensivo para impedir otra goleada alemana. Los guaraníes habían hecho la guerra por el petróleo con Bolivia y estaban acostumbrados a los rigores del desierto aunque no tenían más de tres o cuatro hombres que conocieran una pelota de fútbol. También formaron equipos los curas y obreros polacos, los intelectuales franceses y los almaceneros españoles. Los franceses no eran suficientes y para completar los once pidieron autorización para incorporar a tres pescadores chilenos.<br />
Los alemanes insistieron en que todo se hiciera de acuerdo con las reglas que ellos creían recordar: había que sortear tres grupos y se jugaría en los lugares adonde llegaría el teléfono para llamar a Berlín y dar la noticia. William Brett Cassidy insistió en que los árbitros fueran autorizados a llevar un revólver para hacer respetar su autoridad y como la mayoría de los jugadores entraban a la cancha borrachos y a veces armados de cuchillos, se aprobó la iniciativa.<br />
Se limpiaron a machetazos tres terrenos de cien metros y como nadie recordaba las medidas de los arcos se los hizo de diez metros de ancho y dos de altura. No había redes para contener la pelota pero tanto Cassidy como mi tío Casimiro, que oficiarían de árbitros, se manifestaron capaces de medir con un golpe de vista si la pelota pasaba por adentro o por afuera del rectángulo.<br />
El sorteo de las sedes y los partidos se hizo con el sistema de la paja más corta. La inauguración, en Barda del Medio, quedó para la Italia campeona y el aguerrido equipo de los guaraníes. Al otro lado del río, en Villa Centenario, jugaron alemanes, franceses y argentinos y sobre la ruta de tierra, cerca del prostíbulo, se enfrentaron españoles, ingleses y mapuches.<br />
En todos los partidos hubo incidentes de arma blanca y las obras del dique tuvieron que suspenderse por los graves rebrotes de nacionalismo que provocaba el campeonato. En la inauguración Italia les ganó 4 a 1 a los guaraníes que no tenían otra bandera que la del Paraguay. En las otras canchas salieron vencedores los alemanes contra los franceses y los indios mapuches se llevaron por delante a los ingleses y a los almaceneros españoles por cinco o seis goles de diferencia.<br />
Los dos primeros heridos fueron guaraníes que no acataron las decisiones de Cassidy. El referí tuvo que emprenderla a culatazos para hacer ejecutar un penal a favor de Italia. Al otro lado del río mi tío Casimiro tuvo que disparar contra un delantero mapuche que se guardó la pelota abajo de la camisa y empezó a correr como loco hacia el arco británico en el segundo partido de la serie. Los mapuches tuvieron dos o tres bajas pero ganaron la zona porque los británicos se empecinaron en un fair play digno de los terrenos de Cambridge.<br />
La memoria escrita por mi tío flaquea y tal vez confunde aquellos acontecimientos olvidados. Cuenta que hubo tres finalistas: Alemania, Italia y los mapuches sin patria. La bandera del Tercer Reich flameó más alta que las otras durante todo el campeonato sobre las obras del dique pero por las noches alguien le disparaba salvas de escopeta. William Brett Cassidy permitió que los alemanes eliminaran a la Argentina gracias a la expulsión de sus dos mejores defensores. Es verdad que el arquero cordobés se defendía a piedrazos cuando los alemanes se acercaban al arco, pero ése era un recurso que usaban todos los defensores cuando estaban en peligro. Antes de cada partido los hinchas acumulaban pilas de cascotes detras de cada arco y al final de los enfrentamientos, una vez retirados los heridos, se juntaban también las piedras que quedaban dentro del terreno.<br />
En la semifinal ocurrieron algunas anormalidades que Cassidy no pudo controlar. Los alemanes se presentaron con cascos para protegerse las cabezas y algunos llevaban alfileres casi invisibles para utilizar en los amontonamientos. Los italianos quemaron un emblema fascista y entonaron a Verdi pero entraron a la cancha escondiendo puñados de pimienta colorada para arrojar a los ojos de sus adversarios.<br />
Cassidy quiso darle relieve al acontecimiento y sorteó los arcos con un dólar de oro, pero no bien la moneda cayó al suelo alguien se la robó y ahí se produjo el primer revuelo. El capitán alemán acusó de ladrón y de comunista a un cocinero italiano que por las noches leía a Lenin encerrado en una letrina del corralón. En aquel lugar nada estaba prohibido, pero los rusos eran mal vistos por casi todos y el cocinero fue expulsado de la cancha por rebelión y lecturas contagiosas. Antes de dar por iniciado el partido, Cassidy lanzó una arenga bastante dura sobre el peligro de mezclar el fútbol con la política y después se retiro a mirar el partido desde un montículo de arena, a un costado de la cancha.<br />
Como no tenía silbato y las cosas se presentaban difíciles, él sólo bajaba de la colina revólver en mano para apartar a los jugadores que se trenzaban a golpes. Cassidy disparaba al aire y aunque algunos espectadores escondidos entre los matorrales le respondían con salvas de escopeta, el testimonio de mi tío asegura que afrontó las tres horas de juego con un coraje digno de la memoria de su padre.<br />
Cassidy hizo durar el juego tanto tiempo porque los italianos resistían con bravura y mucho polvo de pimienta el ataque alemán y en los contragolpes el anarquista Mancini se escapaba como una anguila entre los defensores demasiado adelantados. Hubo momentos en que Italia, que jugaba con un hombre menos, estuvo arriba 2 a 1 y 3 a 2, pero a la caída del sol alguien le devolvió a Cassidy su dólar de oro en una tabaquera donde había por lo menos veinte monedas más. Entonces el hijo de Butch Cassidy decidió entrar al terreno y poner las cosas en orden.<br />
En un corner, Mancini fue a buscar la pelota de cabeza pero un defensor alemán le pinchó el cuello con un alfiler y cuando el italiano fue a protestar, Cassidy le puso el revólver en la cabeza y lo expulsó sin más trámite. Luego, cuando descubrió que los italianos usaban pimienta colorada para alejar a los delanteros rivales, detuvo el juego y sancionó tres penales en favor de los alemanes. El capataz Casciolo, furioso por tanta parcialidad, se interpuso entre el arquero y el hombre que iba a tirar los penales pero Cassidy volvió a cargar el revólver y lo hirió en un pie. Un ingeniero prusiano bastante tímido, que había jugado todo el partido recitando el Eclesíastes, se puso los anteojos para ejecutar los penales (Cassidy había contado sólo nueve pasos de distancia) y anotó dos goles. Enseguida el hijo de Butch Cassidy dió por terminado el partido y así se le escapó a Italia la Copa que había ganado en 1934 y 1938.<br />
Los alemanes se fueron a festejar al prostíbulo y ni siquiera imaginaron que los mapuches bajados de los Andes pudieran ganarles la final como ocurrió tres días más tarde, un domingo gris que la historia no recuerda. Ese día el teléfono empezó a funcionar y a las tres de la tarde Berlín respondió a la primera llamada desde la Patagonia. Toda la comarca fue a la cancha a ver el partido y el flamante teléfono negro traído por los alemanes. Un regimiento basado en la frontera con Chile envió su mejor tropa para tocar los himnos nacionales y custodiar el orden pero los mapuches no tenían país reconocido ni música escrita y ejecutaron una danza que invocaba el auxilio de sus dioses.<br />
Mi tío, que ofició de juez de línea, anota en su memoria que a poco de comenzado el partido aparecieron bailando sobre las colinas unas mujeres de pecho desnudo y enseguida empezó a llover y a caer granizo. En medio de la tormenta y las piedras Cassidy pensó en suspender el partido, pero los alemanes ya habían anunciado la victoria por teléfono y se negaron a postergar el acontecimiento. Pronto la cancha se convirtió en un pantano y los jugadores se embarraron hasta hacerse irreconocibles. Después, sin que nadie se diera cuenta, los arcos desaparecieron y por más que se jugó sin parar hasta la hora de la cena ya no había donde convertir los goles. A medianoche, cuando la lluvia arreciaba, Cassidy detuvo el juego y conferenció con mi tío para aclarar la situación. Los alemanes dijeron haber visto unas mujeres que se llevaban los postes y de inmediato el árbitro otorgó seis penales de castigo contra los mapuches pero nadie encontró los arcos para poder tirarlos. Una partida del ejército salió a buscarlos, pero nunca más se supo de ella. El juego tuvo que seguir en plena oscuridad porque Berlín reclamaba el resultado, pero ya ni siquiera había pelota y al amanecer todos corrían detrás de una ilusión que picaba aquí o allá, según lo quisieran unos u otros.<br />
A la salida del sol el teléfono sonó en medio del desierto y todo el mundo se detuvo a escuchar. El ingeniero jefe pidió a Cassidy que detuviera el juego por unos instantes pero fue inútil: los mapuches seguían corriendo, saltando y arrojándose al suelo como si todavía hubiera una pelota. Los alemanes, curiosos o inquietos pero seguramente agotados, fueron a descolgar el teléfono y escucharon la voz de su Fuhrer que iniciaba un discurso en alguna parte de la patria lejana. Nadie más se movió entonces y el susurro alborotado del teléfono corrió por todo el terreno en aquel primer Mundial de la era de las comunicaciones.<br />
En ese momento de quietud uno de los arcos apareció de pronto en lo alto de una colina, a la vista de todos, y las mujeres reanudaron su danza sin música. Una de ellas, la más gorda y coloreada de fiesta, fue al encuentro de la pelota que caía de muy alto, de cualquier parte, y con una caricia de la cabeza la dejó dormida frente a los palos para que un bailarín descalzo que reía a carcajadas la empujara derecho al gol.<br />
William Brett Cassidy anuló la jugada a balazos pero en su memoria alucinada mi tío dió el gol como válido. Lástima que olvidó anotar otros detalles y el nombre de aquel alegre goleador de los mapuches.</p>
<p><em>Publicado originalmente en el diario Página/12, éste cuento forma parte de &#8220;Cuentos de los años felices&#8221;, 1993, Editorial Sudamericana</em></p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.elperseguidor.com/el-hijo-de-butch-cassidy/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>La fotografía</title>
		<link>http://www.elperseguidor.com/la-fotografia/</link>
		<comments>http://www.elperseguidor.com/la-fotografia/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 16 Jun 2011 20:45:02 +0000</pubDate>
		<dc:creator>El Perseguidor</dc:creator>
				<category><![CDATA[Vislumbres]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.elperseguidor.com/?p=737</guid>
		<description><![CDATA[1. La fotografía es, antes que nada, una manera de mirar. No es la mirada misma. 2. Es la manera ineludiblemente “moderna” de mirar: predispuesta en favor de los proyectos de descubrimiento e innovación. 3. Esta manera de mirar, que tiene ya una dilatada historia, conforma lo que buscamos y estamos habituados a notar en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img class="aligncenter" src="http://www.elperseguidor.com/jazz/annieleibovitz-susansontag.jpg" alt="" width="600" height="404" />1. La fotografía es, antes que nada, una manera de mirar. No es la mirada misma.</p>
<p>2. Es la manera ineludiblemente “moderna” de mirar: predispuesta en favor de los proyectos de descubrimiento e innovación.</p>
<p>3. Esta manera de mirar, que tiene ya una dilatada historia, conforma lo que buscamos y estamos habituados a notar en las fotografías.</p>
<p>4. La manera de mirar moderna es ver fragmentos. Se tiene la impresión de que la realidad es en esencia ilimitada y el conocimiento no tiene fin. De ello se sigue que todos los límites, todas las ideas unificadoras han de ser engañosas, demagógicas; en el mejor de los casos, provisionales; casi siempre, y a la larga, falsas. Mirar la realidad a la luz de determinadas ideas unificadoras tiene la ventaja innegable de dar contorno y forma a nuestras vivencias. Pero también —así nos instruye la manera de mirar moderna— niega la diversidad y la complejidad infinitas de lo real. Por lo tanto reprime nuestra energía, nuestro derecho, en efecto, a refundar lo que deseamos refundar: nuestra sociedad o nosotros mismos. Lo que libera, se nos dice, es notar cada vez más cosas.</p>
<p>5. En una sociedad moderna las imágenes realizadas por las cámaras son la entrada principal a realidades de las que no tenemos vivencia directa. Y se espera que recibamos y registremos una cantidad ilimitada de imágenes acerca de lo que no vivimos directamente. La cámara define lo que permitimos que sea “real”; y sin cesar ensancha los límites de lo real. Se admira a los fotógrafos sobre todo si revelan verdades ocultas de sí mismos o conflictos sociales no cubiertos del todo en sociedades próximas y distantes de donde vive el espectador.</p>
<p>6. En la manera de conocer moderna, debe haber imágenes para que algo se convierta en “real”. Las fotografías identifican acontecimientos. Las fotografías les confieren importancia a los acontecimientos y los vuelven memorables. Para que una guerra, una atrocidad, una epidemia o un denominado desastre natural sean tema de interés más amplio, han de llegar a la gente por medio de los diversos sistemas (de la televisión e internet a los periódicos y revistas) que difunden las imágenes fotográficas entre millones de personas.</p>
<p>7. En la manera de mirar moderna, la realidad es sobre todo apariencia, la cual resulta siempre cambiante. Una fotografía registra lo aparente. El registro de la fotografía es el registro del cambio, de la destrucción del pasado. Puesto que somos modernos (y si tenemos la costumbre de ver fotografías somos, por definición, modernos), sabemos que las identidades son construcciones. La única realidad irrefutable —y nuestro mejor indicio de identidad— es cómo aparece la gente.</p>
<p>8. Una fotografía es un fragmento: un vislumbre. Acopiamos vislumbres, fragmentos. Todos almacenamos mentalmente cientos de imágenes fotográficas, dispuestas para la recuperación instantánea. Todas las fotografías aspiran a la condición de ser memorables; es decir, inolvidables.</p>
<p>9. Según la perspectiva que nos define como modernos, hay un número infinito de detalles. Las fotografías son detalles. Por lo tanto, las fotografías se parecen a la vida. Ser moderno es vivir hechizado por la salvaje autonomía del detalle.</p>
<p>10. Conocer es, sobre todo, reconocer. El reconocimiento es la modalidad del conocimiento que ahora se identifica con el arte. Las fotografías de las crueldades e injusticias terribles que afligen a la mayoría de las personas en el mundo parecen decirnos —a nosotros, que somos privilegiados y estamos más o menos a salvo— que deberíamos sublevarnos, que deberíamos desear que algo se hiciera para evitar esos horrores. Hay, además, otras fotografías que parecen reclamar un tipo de atención distinto. Para este conjunto de obras en curso, la fotografía no es una suerte de agitación social o moral, cuya meta sea incitar a que sintamos algo y actuemos, sino una empresa de notación. Observamos, tomamos nota, reconocemos. Ésta es una manera más fría de mirar. La manera de mirar es lo que identificamos como arte.</p>
<p>11. La obra de los mejores fotógrafos comprometidos socialmente es a menudo condenada si se parece demasiado al arte. Y a la fotografía tenida por arte se le puede condenar de modo paralelo: marchita la emoción que nos llevaría a preocuparnos. Nos muestra acontecimientos y circunstancias que acaso deploremos y nos pide que mantengamos distancia. Nos puede mostrar algo en verdad horripilante y ser una prueba de lo que es capaz de tolerar nuestra mirada y que se supone que debemos aceptar. O a menudo simplemente nos invita —y esto es cierto en casi toda la fotografía contemporánea más brillante— a fijar la vista en la banalidad. Fijar la vista en la banalidad y también paladearla, recurriendo precisamente a los mismos hábitos de la ironía que se afirman mediante la surrealista yuxtaposición de consabidas fotografías en las exposiciones y libros más refinados.</p>
<p>12. La fotografía —insuperable modalidad del viaje, del turismo— es el principal medio moderno de ampliación del mundo. En cuanto rama del arte, la empresa fotográfica que hace más amplio el mundo tiende a especializarse en temas al parecer provocadores, transgresores. La fotografía puede estar diciéndonos: esto también existe. Y eso. Y aquello. (Y todo es “humano”.) Pero ¿qué hemos de hacer con este conocimiento, si acaso es un conocimiento, digamos, del ser, de la anormalidad, de mundos marginados, clandestinos?</p>
<p>13. Llámese conocimiento, llámese reconocimiento; de algo podemos estar seguros acerca de esta modalidad, singularmente moderna, de toda vivencia: la mirada, y el acopio de los fragmentos de la mirada, nunca pueden completarse.</p>
<p>14. No hay fotografía definitiva.</p>
<p><strong>Susan Sontag</strong></p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.elperseguidor.com/la-fotografia/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Sábado de gloria en la capital (socialista) de América Latina</title>
		<link>http://www.elperseguidor.com/sabado-de-gloria-en-la-capital-socialista-de-america-latina/</link>
		<comments>http://www.elperseguidor.com/sabado-de-gloria-en-la-capital-socialista-de-america-latina/#comments</comments>
		<pubDate>Sun, 13 Mar 2011 08:59:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>El Perseguidor</dc:creator>
				<category><![CDATA[Entrelíneas]]></category>
		<category><![CDATA[Viñas]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.elperseguidor.com/?p=708</guid>
		<description><![CDATA[Una de las pocas incursiones en el humor de David Viñas incluida en la antología titulada "Buenos Aires: de la fundación a la angustia". Según su editor, Daniel Divinsky, escrita en dos días y por un módico pago.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Por David Viñas</strong><br />
No; no los vamos a fusilar, no. Por lo menos, tenemos la pretensión de ser ecuánimes: organizaremos una lista con eso que se llama orden de prioridades y todos tendrán derecho a defenderse. Jurados populares, públicos, televisados, con representación de la prensa extranjera. No nos gusta matar porque estimamos a nuestro propio cuerpo, si no seríamos fascistas. No se alarmen: los almirantes tendrán 15 minutos para defenderse, los generales un tiempo parecido, los coroneles 14 y los mayores 12. No. Todos 15 minutos. No debe haber escalafón para defender la propia vida. Todos lo mismo, aunque los yugoslavos nos acusen de igualitarismo abstracto. Y los que no sepan hablar en público podrán presentar sus defensas por escrito. De ninguna manera: no va a ser necesario que las redacten ellos. El paredón va a funcionar. Lógico. Pero sobre todo como medida ejemplarizadora: que se hable del paredón y se lo comente hasta que se convierta en un cliché filoso que penetre la jerga del a cada rato, como se hacía con &#8220;a nivel&#8221;, pongamos por caso: para que se introduzca dura, brillante, taimadamente en la carnosidad de las frases estableciendo con precisión el grado de espíritu revolucionario de cada uno. Es necesario en esta etapa posterior a la toma del poder esa enérgica y distraída autoridad de las palabras mágicas. Se tiene que saber, susurrar, repetir que en el paredón que funciona en Arroyo y Suipacha, por ejemplo, las ejecuciones se llevaron a cabo sin mayores protestas. Es que la gente del Barrio Norte sabe morir como señores.<br />
En el paredón de Quintana y Callao un ejecutivo se abrió la camisa antes de que sonara la descarga; tenía un aire de Liniers en Cabeza de Tigre y pudo gritar ¡Viva la contrarrevolución en América Latina! No. ¡Muero contento ya tendremos nuestra bahía de Samborombón! Va a ser necesario, pues, blanquear nuevamente el paredón de Santa Fe y Riobamba porque los maricas del barrio han empezado a diagramar propuestas. Recordar: hacer planteo ante el IASCRE (Instituto Argentino de Salud Comunitaria y Recreativa). Aunque quizá sea mejor un solo paredón. Que se aluda a él como se nombraba el Obelisco o alguna esquina clave en los meses de clandestinidad. El paredón: y que resulte categórico, edificante y sombrío (Laura me debe estar esperando en casa. Seguramente ya no habrá titubeado como antes entre quedarse con el uniforme de miliciana o ponerse ese camisón de náilon. Yo todavía vacilo entre lo que me entusiasma más: si sacarle el pantalón del uniforme o ese camisón transparente. Uno tironeando por los pies, el otro por sobre los hombros. No sé. Debe ser lo que nos pasa a todos los hombres de izquierda en este momento: todavía oscilamos entre el libertinaje y la militancia. Vacilar, oscilar: toda vacilación encarna nuestras contradicciones. Pero ella, en cambio, ya no tiene esos viejos problemas. Es una de mis viejas tesis: a mismo nivel, siempre la mujer resulta más revolucionaria. Y, en realidad, Laura no los tuvo jamás y muchas veces lo comentamos entre los dos: una revolucionaria actual no tiene por qué disfrazarse de sufragista o tener pudor -mala conciencia, es más exacto- por ponerse perfume entre los muslos o usar esa ropa interior que a uno lo enternece y lo exalta. Por favor, compañero, ya no vivimos en la época de la doctora Moreau de Justo, en que las mujeres que se decían revolucionarias eran una mezcla mal batida de directoras de Normal Cuatro, devotas del <em>If</em> de Rudyard Kipling o de los cuentos infantiles de Álvaro Yunque, activas militantes de Liga Antialcohólica y vegetarianas. Ya, no. Después de largas discusiones que hemos tenido con Laura, de lo oportuno que nos vino la difusión de Simone de Beauvoir en la etapa prerrevolucionaria -en este sentido la Editorial Siglo XX cumplió una labor desinteresada y precursora-, hemos llegado a un acuerdo: rescatar para nuestro lado todo lo que antes le dejábamos a los otros suponiendo que les era &#8220;innato&#8221; o signo de &#8220;decadencia&#8221;. Todo lo que sirva para desalienar debe ser rescatado por nuestra revolución: ¿Antonioni? ¡Venga Antonioni! ¿Pintura abstracta? ¡Venga la pintura abstracta! Todo lo que sea necesidad del hombre, debe ser reivindicado por nosotros ¿Laura? ¡Venga Laura con su camisón transparente!).<br />
No; no los vamos a fusilar. Por lo menos a todos. Ni siquiera les vamos a dar ese placer póstumo y santificador de que en<em> El Comercio</em> de Lima o en <em>Le Fígaro </em>de París aparezcan sus nombres como mártires. No, no. Les aseguro que no. No les vamos a dar el gusto de que se sientan muriendo insolente, trágicamente. No. Morirán como culpables, opacos, sin ademanes, de una manera burocrática. Confeccionaremos una lista por orden alfabético, estatura o grupo sanguíneo y por méritos reaccionarios. Sí: lógico es que al comienzo vayan los almirantes, los primeros en abandonar el barco, como las ratas. La pena es que en este país ni siquiera ha habido tipos reaccionarios que realmente sean odiados por muchos. Ni siquiera un buen verdugo produjo la reacción en sus últimos tiempos. Indudable síntoma de su disolución como grupo.<br />
Cada vez me convenzo más de que era algo fatal nuestra revolución. Y un buen verdugo fusilado nos haría falta para dar un golpe de efecto y que el pueblo, es decir, los taxistas, el diariero de la vuelta y esos dos o tres obreros que siempre aparecían en nuestras reuniones y que iban rotando a través de todos los grupos de izquierda para ser exhibidos, verificados y envidiados, empiecen a creer en nosotros. Sí; por cierto. Lo mismo cuando nuestras columnas tomaron Posadas durante cuatro días y largaron al aire una audición que fue muy discutida en las bases porque de vez en cuando intercalaba Perón, Perón, qué grande sos. Heterodoxias necesarias en la izquierda revolucionaria. Pero tomamos Posadas, nos quedamos más de una semana ahí, a los siete días cayó Corrientes y después la cosa estalló en Tucumán, que ya estaba caliente, y aquí empezaron a salir a la calle todos los locos sueltos de la izquierda independiente. Agitación, el secuestro de Alsogaray y Palito Ortega, bombas en Tribunales, en el Ministerio de Marina y en el Mercado del Plata, asalto a varias armerías, pintadas en el Barrio Norte, la estatua de Mitre decapitada. Un poco de anarquía, pero ejemplos inolvidables de abnegación revolucionaria. Era una etapa. Alguien me comentó que fue una pena que el Lorraine tuvo que cerrar justo cuando empezaba la Semana del Cine Argentino de Vanguardia Realmente lamentable haberse perdido las películas de Antín. Tiroteo en el frigorífico, sabotaje en la central de Segba, incendio de El Águila y Lázaro Costa. Yo siempre había tenido confianza en todos esos chicos, pese a que no hacían otra cosa que hablar de alguna vieja película de Bergman, de las novedades que siempre traía <em>El Escarabajo de Oro</em> y de que nuestra generación estaba irremisiblemente condenada. (Cuando llegue a casa aunque Laura se haya puesto el camisón o recién salga del baño y se le ocurra pasearse desnuda por el dormitorio buscando el disco con las canciones de Puebla para ponerlo a todo lo que dé el tocadiscos y abra la ventana hasta que los del mercadito de la esquina salgan a la vereda, le tengo que pedir que me escriba esas cartas a mis amigos de allá. No; de la Isla. No, no: de Cuba. ¿Por qué vamos ahora a seguir eludiendo la forma directa de decirlo? Y en las cartas: ¿Viste, Licia, cómo éramos capaces de hacer la revolución y tomar el poder; ustedes que se sonreían cuando yo se los decía en La Habana? ¿Viste, Yuly que no estábamos tan muertos y que de un país de donde había salido el Che podían salir cincuenta tipos más como él? ¿Viste, Bob, que desconfiabas de nosotros asegurando que la izquierda revolucionaria argentina tenía miedo de tomar el poder? ¿Vieron, vieron? No hay que decir sús hasta que no pase el último gato. ¿Vieron, viste? ¿Vos, Yuly, que decías que a los revolucionarios argentinos no se nos paraba? ¿Y que al que no se le para es al ñudo que rempuje? Pero va a ser mejor que yo mismo escriba esas cartas mientras Laura se frote los hombros con 555 y me espíe desde atrás tomándome de los hombros mientras me tironee ronroneando &#8220;Vamos, Pilo, vamos a la cama; dejá esas cartas para después; celebremos nuestra revolución como Dios manda&#8221;). Y no solamente seremos cautos con el rubro fusilamientos, sino que de inmediato tomaremos una serie de medidas progresistas -aunque ésa sea una palabra que nunca ha terminado de gustarme: tan tradicional, tan fofa, tan complaciente- y empezaremos ocupándonos de los problemas de la cultura, que son los que uno conoce más, porque para algo uno se aguantó en la vereda de enfrente durante años, firme, sin transar y riéndose de los sucesivos ministros de Educación. Los problemas de la cultura en un estado socialista. Pues bien, empezaremos publicando las obras completas de Codovila. Será un homenaje de agradecimiento popular. Y en ese orden de cosas: una serie de estampillas dedicadas a escritores que se inaugure con Arlt. Se lo merece pobre Roberto. Fue un escritor que sufrió mucho en vida y en un estado socialista se debe justipreciar los valores del espíritu. Después de Arlt irá&#8230; bueno, alguien que empiece el apellido con be. Y para que nadie se sienta menoscabado y la cosa se haga como en los grupos teatrales, donde no hay divos y todo se hace por riguroso orden alfabético o de aparición: Arlt&#8230; Bunge. No está mal. Carlos Octavio Bunge que en su época fue segregado de su grupo social de origen. Con escritores de raíz oligárquica debemos actuar como con los perfumes o con la ropa interior seductora: que no sea cosa que la contrarrevolución se crea que eso le pertenece por naturaleza dada. Una revolución como la nuestra se define como una forma de antifisis; frente a &#8220;lo dado&#8221; tenemos que operar con &#8220;lo puesto&#8221;; del imperio del &#8220;en-sí&#8221; a la instauración del &#8220;para-todos”; bien está que las estructuras condicionen al hombre, pero lo más importante es lo que hace el hombre con lo que de él han hecho las estructuras; al fin de cuentas una estructura se valida en su significación cuando se la inserta en la praxis. Por eso encuentro legítimo que a Carlos Octavio Bunge le dediquemos la estampilla de 25 pesos y los perfumes y la ropa interior conmovedora (que se debe estar poniendo -o sacando- Laura mientras me espera, sean rescatados y validados por una revolución socialista. Sobre todo si uno piensa que esa ropa se pega al cuerpo como la piel de los duraznos. Por lo menos en los muslos de Laura. Y si uno, es decir, yo, va sintiendo cuando se la saca que comete una deliciosa infracción y todo lo que aparece debajo es el resultado de un desgarramiento. Podría decir: cada vez que le quito la ropa a Laura siento que materializo una revolución. Todo el poder a los soviets; la religión es el opio del pueblo; abajo y de un tajo; toda esa carnecita para mí). Pues bien, una serie de estampillas dedicadas a los escritores nacionales inaugurada por Ascasubi.<br />
Está, además, el problema fundamental de los teatros experimentales. Que en la última etapa del dominio burgués habían establecido vasos comunicantes con la profesionalizaron. Era otro síntoma del final de un proceso: crisis de los escritores -Stalin como Neruda y Amado, obispos y militares-ejecutivos como Podestá y Guglialmelli; Guevara y Cortázar como emergentes capitales de Argentina que necesitan realizarse fuera del país. Sí. Cien teatros funcionando en París; cincuenta apenas en la humillada Buenos Aires de la etapa capitalista. Y, la verdad, es que Buenos Aires perfectamente puede tener cien teatros puestos con todo. Hasta podríamos organizar un barrio bohemio para demostrar el sentido del nuevo swing socialista; chasquear los de dos, buen ritmo, agitar esas caderas rojas, ¡yeah, yeah, Marx! En fin, de las plazas ni hablar; esas carpas que se hacían entonces revelaban bien a las claras la precariedad del proyecto burgués. Nosotros vamos a construir edificios para siempre; sin lujos, eficaces y para todo el mundo. La cortada de Rauch puede ser un buen ejemplo: como el Salvador ya está expropiado, vamos a instalar los vestuarios aunque surjan problemas en un día como hoy: que canten todos los <em>Gloria</em> que se les dé la gana; se han ganado cierto derecho. Al fin y al cabo no cualquiera cambia la minisotana por el uniforme guerrillero y cuatro de ellos lo hicieron cerca de Posadas y después se sumaron a la columna que avanzó sobre el Paraná. Hay que dejarlos cantar, celebrar sus fiestas. Yeah, yeah, oh, mi Dios. Total, ahora, ¿quiénes van? Unas cuantas viejas de las que han aceptado la indemnización por la reforma urbana. Del brazo y por la calle con los curitas, por lo tanto. Y a ese que fusilaron los reaccionarios de La Rioja le vamos a levantar una estatua o le publicaremos los discursos como al Padre Camilo. O una serie de estampillas a los sacerdotes populares empezando por el Padre Castañeda. Pero decía del asunto del teatro en la calle Rauch: los vestuarios en el edificio del Salvador, entonces, serie de obras nacionales, Sánchez, digamos, conferencias a cargo de especialistas. Al doctor Canal Feijóo, por citar a alguien, que ha demostrado su radicalización y que está con nosotros y que nos conviene porque en razón de qué no vamos a contar con gente seria y de prestigio, aunque tengamos que pedirle que atenúe sus comentarios sobre la importancia de la sangre en <em>Barranca abajo</em>. Va a ser algo ameno y les dará la pauta a la reacción y al imperialismo de cuáles son nuestros objetivos revolucionarios. Series de autores argentinos, entonces, conferencias sobre los mismos, publicaciones de sus obras completas (y seguramente Laura se debe estar impacientando con mi demora, pero ella sabe muy bien que cuando camino lo largo de José Ingenieros -ex calle Corrientes- se me ocurren tantas innovaciones: por ejemplo, decirle a César que ese poema de don Baldomero que pusieron los burgueses del Municipio en el Obelisco va a ser necesario, no digo cambiarlo, pero por lo menos subirlo un par de lozas más arriba: es una tentación aun para los jóvenes pioneros completar esa rima terminada en &#8220;rulo&#8221;. Y si bien es cierto que estamos empeñados en que no piensen que nuestra revolución es puritana, por ahora no hay otra forma de superar esas expansiones pequeñoburguesas. Bien visto, la literatura rupestre se inaugura en Altamira. Ancestrales, rezagos, interacciones, la revolución socialista no termina con la toma del poder, sino que recién se abre. Laurita riquita. Es una de nuestras metas más inmediatas. Y ya se sabe que toda etapa inmediatamente posterior a la toma del poder es de las más arduas por todas las contradicciones que se acarrean).<br />
Menos mal que los grupos, los infinitos grupos de izquierda se han puesto de acuerdo. No hay como el triunfo para que las diferencias se absorban. Así como uno tiene miedo cuando fracasa, y si durante años padecimos esa especie de cariocinesis permanente en toda la izquierda, ese despanzurramiento hacia adentro, recíproco, glacial y despiadado, el éxito pudo catalizarnos: hasta se va consiguiendo un nuevo lenguaje revolucionario y se tiraron por la borda ese asunto del &#8220;pulpo&#8221; imperialista, el reunionismo y las dichosas pintadas y las eternas volanteadas, que lo único que provocaron añares eran chicos llevados en la camioneta policial y las consabidas llamadas a los abogados de la izquierda. Nada, el fracaso y la repetición mecánica. Menos mal que superamos todo eso y logramos organizar un<em>happening</em> marxista, que fue presentado por el profesor Romero Brest. Estuvo impagable Romero esa tarde: dijo que los jóvenes revolucionarios eran sus hijos adoptivos, que para él era lo mismo el <em>pop</em> que la revolución marxista, que en realidad el compañero Fidel era el primer <em>pop</em> de América Latina y que desde ya lanzaba la idea de hacer una muestra pop en la cancha de River, donde la Minujín iba a repartir réplicas del sable del general San Martín confeccionadas con lapislázuli y financiadas con los fondos allegados en la venta de los panteones de la Recoleta de los oligarcas exiliados. Qué Romero Brest éste.<br />
Y uno que creía que era un oportunista (y Laura que insiste en usar ese corpiño <em>pop </em>que descubrió como saldo en las Grandes Tiendas para Técnicos Extranjeros de la calle Maipú, al lado de la antigua veterinaria; seguramente se lo ha puesto y va a pretender demostrarme que el <em>pop </em>se valida si entra en relación dialéctica con las tendencias más tradicionales. Yo la miro, la voy a mirar, y le descubro la piel por debajo de esas dos cabecitas sacadas de alguna revista: del lado derecho un Marrone que siempre me sonríe y al que termino por acostumbrarme; pero del lado izquierdo va bordada una cabeza de Sartre. Yo a Sartre lo respeto, creo que es un modelo humano y prácticamente ha sido el maestro de mi generación; pero como tiene ese ojo torcido justo en el medio del corpiño, me siento mirado de una manera inquietante. Como Laura insiste y va a insistir en que el pop es un momento y que ese momento debe ser integrado con un sentido fluido de la praxis, he terminado por resignarme. Más adelante, cuando pase todo este ruido que ha provocado la entrada de las columnas revolucionarias en Buenos Aires, le voy a sugerir que por lo menos le cosa ahí un moñito). Aunque realmente la integración de los grupos de izquierda revolucionaria ha dado resultados inesperados: los de la First Methodist Church no pusieron mayores reparos a la instalación de ese enorme afiche con la cabeza de Trotsky, aunque dejaron constancia de que el asunto de agregarle una orla de lamparitas eléctricas sacadas al antiguo cartel de Ferro-Quina Bisleri no les parecía correcto. Y la gente que provenía del viejo socialismo aceptó eso a condición de que sobre el frente del Ópera colocaran un cartel igual con la cabeza del doctor Palacios. Problemas. Pero se van superando. Y a los compañeros que provenían de los viejos grupos comunistas les anunciamos que, en compensación, a Rodolfo Ghioldi lo íbamos a poner al frente de la Comisión Redactora de la Nueva Constitución Socialista. Ellos insistieron en que preferían la Comisión Pro Paz, pero ese lugar clave ya había sido copado por la gente de Coral.<br />
Y como en esta etapa del proceso hay que hacer algunas concesiones, hubo que ceder. Si hasta Neustadt demostró su fervor revolucionario lanzando una edición de cien mil ejemplares de <em>Extra</em> íntegramente dedicada al avance de la victoriosa columna &#8220;Vicente Peñaloza&#8221; sobre Buenos Aires (yo sé que Laura me va a decir mientras le saque las cabecitas de Marrone y Sartre que con los revolucionarios de último momento hay que tener cautela. Es lo que ha pasado siempre. Pero no hay que preocuparse demasiado: son gente de la clase media que por definición oscila entre la oligarquía, las tentaciones y normas de vida que ésta le tiende, y con el además hacia abajo más o menos impregnado de cierta simpatía populista y el temor a la proletarización. Dos idiomas tienen; siempre lo han tenido. O dos caras. O las que les pidan. Hipocresía y burocracia. Habría que pensarlo. Y toda esa gente es carne de burócrata y ya se sabe que por definición un tipo así es la persona que no tiene la última palabra y que necesita mirar hacia atrás para verificar si hay algún superior con quien consultar, o a su derecha o a si izquierda, por si alguien les codicia el puesto o les quiere mover el piso, y necesita resucitar la última consigna para tranquilizarse y ponerse en acción. Pero Laura, Laurita, le voy a decir mientras tiro sobre el sillón que queda debajo de la ventana esa mirada torcida del autor del <em>Ser y la nada</em> ya se sabe de memoria que la burocratización es el defecto que siempre acecha a toda revolución como la que hemos realizado y estamos festejando, pero también ya hemos acumulado suficiente experiencia en ese sentido, Laurita: moverlos, cuestionarlos, cambiarlos de sitio. agitarlos permanentemente. Es el problema de siempre, superar esa tendencia que tiene la gente a dejarse estar, a amodorrarse sobre las cosas que ya ha conseguido, Laurita. Y me voy a poner a su lado y la voy a contemplar un rato antes de empezar a acariciarla, insistiéndole en que a los burócratas hay que crearles necesidades, sacarlos al campo, porque todos nosotros estamos llenos de las consabidas contradicciones de los intelectuales de origen pequeñoburgués. Y debemos salir al campo, Laurita, ya sea a levantar la cosecha o a la vendimia en Mendoza, que tan revolucionariamente reaccionó avanzando sobre Buenos Aires al compás de una cueca de Tejada Gómez. O a la zafra en Tucumán o al ordeñe de las vacas de esa granja colectiva que se está organizando en el antiguo parque de Los Derechos de la Ancianidad. Ordeñar; sobre todo eso, mi Laura querida, porque la leche es imprescindible y en menos de tres meses debemos demostrarle al mundo que no hay un niño argentino que no cuenta con su litro diario). Y no sólo eso, porque también tenemos que aprovechar varios lugares de la ciudad: en el viejo solar del Jockey Club, si mal no viene, hacer una exposición de libros al alcance de todos: la experiencia que, ay, se acumuló en Eudeba vamos a revivirla lanzando ediciones populares de los poemas de Rodolfo Alonso, de Córdoba Iturburu y de todos los poetas con sentido nacional de Argentina. Pero la exposición tiene que ser algo transitorio, mientras ahí mismo levantamos una torre de viviendas colectivas. De la misma manera con la universidad: volveremos traer Filosofía y Letras a su viejo barrio para demostrarle a la derecha continental y del mundo que sabemos mantener las tradiciones y la vieja aspiración de unión obrera-estudiantil que dejará de ser un sueño.<br />
Claro, nuevamente se nos plantea el problema de la Iglesia: ahí están esas señoras que salen de Las Catalinas; y ya he dicho y lo repito: hay que dejarlas. Al fin de cuentas, que se paseen por la vereda con esas palmas no molesta a nadie. No se qué ocurrirá si suben a uno de los ómnibus nacionalizados que hemos largado a la calle. Pero mientras no se les dé por exigir que quieren hacer procesiones en la avenida no hay mayor problema. (También sé, claro, que Laura me va a repetir lo mismo de siempre cuando le pida que nos bañemos juntos: lo que en realidad vos necesitás, Pilo, no es una guerrillera sino una geisha. Mis contradicciones, Laura. Yo sé, yo lo sé muy bien. Pero es tan gratificante que a uno le jabonen la espalda y jabonar la espalda después. Y en seguida darse vuelta y jabonarse recíprocamente. Espuma, piel, bañadera, sal, saliva. Es una coartada, pero yo siempre le sostengo a Laura que ese cuerpo a cuerpo es una de las formas más concretas de la dialéctica. Y si ella protesta porque me cuido tanto la piel y me preocupo por la de ella, tengo que insistirle recordándole que un buen materialista necesita empezar por cuidarse lo más concreto con que cuenta, que es su propio cuerpo. Y al final nos sentamos y terminaremos los dos juntos en el piso de la bañadera quitándonos el jabón y echándonos un poco de agua como dos chicos. Porque no hay nada que hacerle: también las pautas infantiles de las que uno está impregnado no deben ser excluidas en una sociedad socialista. Para Freud el hombre siempre es un niño; para Marx siempre es un obrero. Pues bien, que nuestra Nueva Argentina Socialista sea un país de niños que trabajan, o de obreros que juegan. Así está mejor y nada más legítimo que hacerlo en la bañadera, Laurita. Fue uno de mis temas cuando avanzamos con la columna guerrillera &#8220;Almafuerte&#8221; y llegamos a la central ferroviaria de Villa Lynch: se lo dije a los obreros del riel, lo sostuve en la comisión de asuntos políticos y cultura y se lo repito cada vez que ella quiere salir de la bañadera para ir a buscar la toalla y el último ejemplar de <em>Partísans</em> que nos ha dedicado Maspero a la Revolución Socialista Argentina). Claro: en este barrio típicamente corrompido por el turismo la instauración del gobierno socialista se ha hecho sentir: ni los porteros tienen ese aire altivo y obsecuente que tenían antes. Y las casas que vendían objetos tan argentinos como mandolinas construidas con caparazones de peludo y la <em>Historia de la literatura</em> de Rojas en textos concentrados han entrado en crisis. Lógico: son los primeros afectados por un proceso así. Tampoco se consiguen buenas hojas de afeitar ni antisudoral importado, pero el <em>O-do-ro-sí</em> que estamos fabricando en el Concentrado de Villa Martelli, si bien resulta un poco áspero, realmente elimina esa emanación corporal. Así como las radios de transistores de origen checo que venimos distribuyendo a los obreros que marcan topes en la emulación no tienen nada que envidiar a esos antiguos Grundig muy estereofónicos y todo lo que usted quiera pero que en un departamento como el mío no había lugar donde ponerlo. Y cuando llego a mi departamento y salgo del ascensor y abro la puerta empiezo a llamarla ¡Laura! Seguramente está escondida en alguna parte y se me va a aparecer con ese corpiño negro con las cabecitas de Marrone y Sartre. ¡Laura&#8230; Laurita! Es el inconveniente de estos departamento con un pasillo tan largo y tan oscuro y donde uno jamás encuentra la llave de la luz sin rayarse las uñas tanteando las paredes. ¡Laura&#8230; Laurita! Sí; allí está: sentada delante de mi escritorio, desnuda y apoyan do la cabeza sobre mis papeles. No me ha oído. Yo me le acerco cautelosamente por atrás con la idea de taparle los ojos y preguntarle Cú-cú ¿a qué no sabés quién soy? y enternecerme porque me ha esperado desnuda y entre mis papeles y empezar a besarla en la nuca, en los hombros. Sí; también en la espalda. Y bajar. ¿Quién soy? Cú-cú, Laura. La tomo de los hombros. Pero ella no se mueve. La sacudo. Y tampoco. El pelo se le balancea pesadamente hacia los costados y tiene las manos flojas. Laura. Arriba de la máquina de escribir brilla ese frasco con pastillas. Laurita. La vuelvo a sacudir. Le oprimo las manos: Laura, mi querida Laura, ¿quién?&#8230; En mi agenda ha escrito: &#8220;Aposté a vos. Fracasé. Estoy harta. Yo necesitaba un hombre realista&#8221;. Y ha marcado la fecha: <em>Sábado, 25 de marzo de 1967</em> con una cruz y una raya iguales a las que usaba para indicar los días en que le venía la menstruación.</p>
<p>En <em>Buenos Aires: de la fundación a la angustia</em>, Buenos Aires, Ediciones de la Flor, 1968.</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.elperseguidor.com/sabado-de-gloria-en-la-capital-socialista-de-america-latina/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Manifiesto (hablo por mi diferencia)</title>
		<link>http://www.elperseguidor.com/manifiesto-hablo-por-mi-diferencia/</link>
		<comments>http://www.elperseguidor.com/manifiesto-hablo-por-mi-diferencia/#comments</comments>
		<pubDate>Sun, 13 Mar 2011 08:00:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>El Perseguidor</dc:creator>
				<category><![CDATA[Entrelíneas]]></category>
		<category><![CDATA[Lemebel]]></category>
		<category><![CDATA[Manifiesto]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.elperseguidor.com/?p=701</guid>
		<description><![CDATA[En palabras de Roberto Bolaño: “El mejor poeta de mi generación”. Con ustedes el cronista de los márgenes trasandino: Pedro Lemebel. Sujétense!]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>No soy Passolini pidiendo explicaciones<br />
No soy Ginsberg expulsado de Cuba<br />
No soy un marica disfrazado de poeta<br />
No necesito disfraz<br />
Aquí está mi cara<br />
Hablo por mi diferencia<br />
Defiendo lo que soy<br />
Y no soy tan raro<br />
Me apesta la injusticia<br />
Y sospecho de esta cueca democrática<br />
Pero no me hable del proletariado<br />
Porque ser pobre y maricón es peor<br />
Hay que ser ácido para soportarlo<br />
Es darle un rodeo a los machitos de la esquina<br />
Es un padre que te odia<br />
Porque al hijo se le dobla la patita<br />
Es tener una madre de manos tajeadas por el cloro<br />
Envejecidas de limpieza<br />
Acunándote de enfermo<br />
Por malas costumbres<br />
Por mala suerte<br />
Como la dictadura<br />
Peor que la dictadura<br />
Porque la dictadura pasa<br />
Y viene la democracia<br />
Y detrasito el socialismo<br />
¿Y entonces?<br />
¿Qué harán con nosotros compañero?<br />
¿Nos amarrarán de las trenzas en fardos<br />
con destino a un sidario cubano?<br />
Nos meterán en algún tren de ninguna parte<br />
Como el barco del General Ibañez<br />
Donde aprendimos a nadar<br />
Pero ninguno llegó a la costa<br />
Por eso Valparaíso apagó sus luces rojas<br />
Por eso las casas de caramba<br />
Le brindaron una lágrima negra<br />
A los colizas comidos por las jaibas<br />
Ese año que la Comisión de Derechos Humanos<br />
no recuerda<br />
Por eso compañero le pregunto<br />
¿Existe aún el tren siberiano<br />
de la propaganda reaccionaria?<br />
Ese tren que pasa por sus pupilas<br />
Cuando mi voz se pone demasiado dulce<br />
¿Y usted?<br />
¿Qué hará con ese recuerdo de niños<br />
Pajeandonos y otras cosas<br />
En las vacaciones de Cartagena?<br />
¿El futuro será en blanco y negro?<br />
¿El tiempo en noche y día laboral<br />
sin ambigüedades?<br />
¿No habrá un maricón en alguna esquina<br />
desequilibrando el futuro de su hombre nuevo?<br />
¿Van a dejarnos bordar de pájaros<br />
las banderas de la patria libre?<br />
El fusil se lo dejo a usted<br />
Que tiene la sangre fría<br />
Y no es miedo<br />
El miedo se me fue pasando<br />
De atajar cuchillos<br />
En los sótanos sexuales donde anduve<br />
Y no se sienta agredido<br />
Si le hablo de estas cosas<br />
Y le miro el bulto<br />
No soy hipócrita<br />
¿Acaso las tetas de una mujer<br />
no lo hacen bajar la vista?<br />
¿No cree usted<br />
que solos en la sierra<br />
algo se nos iba a ocurrir?<br />
Aunque después me odie<br />
Por corromper su moral revolucionaria<br />
¿Tiene miedo que se homosexualice la vida?<br />
Y no hablo de meterlo y sacarlo<br />
Y sacarlo y meterlo solamente<br />
Hablo de ternura compañero<br />
Usted no sabe<br />
Cómo cuesta encontrar el amor<br />
En estas condiciones<br />
Usted no sabe<br />
Qué es cargar con esta lepra<br />
La gente guarda las distancias<br />
La gente comprende y dice :<br />
Es marica pero escribe bien<br />
Es marica pero es buen amigo<br />
Super-buena onda<br />
Yo acepto al mundo<br />
Sin pedirle esa buena onda<br />
Pero igual se ríen<br />
Tengo cicatrices de risas en la espalda<br />
Usted cree que pienso con el poto<br />
Y que al primer parrilazo de la CNI<br />
lo iba a soltar todo<br />
No sabe que la hombría<br />
Nunca la aprendí en los cuarteles<br />
Mi hombría me la enseño la noche<br />
Detrás de un poste<br />
Esa hombría de la que usted se jacta<br />
Se la metieron en el regimiento<br />
Un milico asesino<br />
De esos que aún están en el poder<br />
Mi hombría no la recibí del partido<br />
Porque me rechazaron con risitas<br />
Muchas veces<br />
Mi hombría la aprendí participando<br />
En la dura de esos años<br />
Y se rieron de mi voz amariconada<br />
Gritando: Y va a caer, y va a caer<br />
Y aunque usted grita como hombre<br />
No ha conseguido que se vaya<br />
Mi hombría fue la mordaza<br />
No fue ir al estadio<br />
Y agarrarme a combos por el Colo Colo<br />
El fútbol es otra homosexualidad tapada<br />
Como el box, la política y el vino<br />
Mi hombría fue morderme las burlas<br />
Comer rabia para no matar a todo el mundo<br />
Mi hombría es aceptarme diferente<br />
Ser cobarde es mucho más duro<br />
Yo no pongo la otra mejilla<br />
Pongo el culo compañero<br />
Y esa es mi venganza<br />
Mi hombría espera paciente<br />
Que los machos se hagan viejos<br />
Porque a esta altura del partido<br />
La izquierda tranza su culo lacio<br />
En el parlamento<br />
Mi hombría fue difícil<br />
Por eso a este tren no me subo<br />
Sin saber dónde va<br />
Yo no voy a cambiar por el marxismo<br />
Que me rechazó tantas veces<br />
No necesito cambiar<br />
Soy más subersivo que usted<br />
No voy a cambiar solamente<br />
Porque los pobres y los ricos<br />
A otro perro con ese hueso<br />
Tampoco porque el capitalismo es injusto<br />
En Nueva York los maricas se besan en la calle<br />
Pero esa parte se la dejo a usted<br />
Que tanto le interesa<br />
Que la revolución no se pudra del todo<br />
A usted le doy este mensaje<br />
Y no es por mí<br />
Yo estoy viejo<br />
Y su utopía es para las generaciones futuras<br />
Hay tantos niños que van a nacer<br />
Con una alita rota<br />
Y yo quiero que vuelen compañero<br />
Que su revolución<br />
les dé un pedazo de cielo rojo<br />
Para que puedan volar.</p>
<p><strong>Pedro Lemebel</strong></p>
<blockquote><p><em>Este texto fue leído como intervención en un acto político de la izquierda en Septiembre de 1986, en Santiago de Chile.</em></p></blockquote>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.elperseguidor.com/manifiesto-hablo-por-mi-diferencia/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Derivas de la pesada</title>
		<link>http://www.elperseguidor.com/derivas-de-la-pesada/</link>
		<comments>http://www.elperseguidor.com/derivas-de-la-pesada/#comments</comments>
		<pubDate>Wed, 09 Feb 2011 05:05:56 +0000</pubDate>
		<dc:creator>El Perseguidor</dc:creator>
				<category><![CDATA[Entrelíneas]]></category>
		<category><![CDATA[Escritores]]></category>
		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Roberto Bolaño]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.elperseguidor.com/?p=696</guid>
		<description><![CDATA[A Roberto Bolaño le intrigaba y le apasionaba la Argentina. "Ese país donde hasta los escritores pésimos saben escribir", definía. En "Derivas de la pesada" recorre la literatura argentina como si se tratara de una casa. Una casa tomada donde los escritores aparecían en forma de muebles, de objetos y electrodomésticos. ]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="MsoNormal"><span lang="ES">Es curioso que fueran unos escritores burgueses los que elevaran el <em>Martín Fierro</em>, de Hernández, al centro del canon de la literatura argentina. Este punto, por supuesto, es materia discutible, pero lo cierto es que el gaucho Fierro, paradigma del desposeído, del valiente (pero también del matón), se alza en el centro de un canon, el canon de la literatura argentina, cada vez más enloquecido. Como poema, el <em>Martín Fierro</em> no es una maravilla. Como novela, en cambio, está viva, llena de significados a explorar, es decir, conserva su atmósfera de viento o más bien de ventolera, sus olores de intemperie, su buena disposición para los golpes del azar. Sin embargo es una novela de la libertad y de la mugre, no una novela sobre la educación y los buenos modales. Es una novela sobre el valor, no una novela sobre la inteligencia, mucho menos sobre la moral. Si el <em>Martín Fierro</em> domina la literatura argentina y su lugar es el centro del canon, la obra de Borges, probablemente el mayor escritor que haya nacido en Latinoamérica, es sólo un paréntesis.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES">Es curioso que Borges escribiera tanto y tan bien del <em>Martín Fierro</em>. No sólo el Borges joven, que en ocasiones suele ser, en el ámbito puramente verbal, nacionalista, sino también el Borges adulto, que en ocasiones se queda extasiado (extrañamente extasiado, como si contemplara las gesticulaciones de la Esfinge) ante las cuatro escenas más memorables de la obra de Hernández, y que en ocasiones incluso escribe cuentos, desganados y perfectos, argumentalmente epigonales de la obra de Hernández. Cuando Borges glosa a Hernández no lo hace con el cariño y la admiración con los que se refiere a Güiraldes, ni con la sorpresa y la resignación que emplea al evocar a aquel monstruo familiar que fue Evaristo Carriego. Con Hernández, o con el <em>Martín Fierro</em>, Borges da la impresión de estar actuando, de estar actuando a la perfección, por otra parte, pero en una obra de teatro que le parece desde el principio más que detestable, equivocada. Pero, detestable o equivocada, también le parece irremediable. Su muerte silenciosa en Ginebra es, en este sentido, harto elocuente. Vaya, no sólo es elocuente, su muerte en Ginebra, de hecho, habla hasta por los codos.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES">Con Borges vivo, la literatura argentina se convierte en lo que la mayoría de los lectores conoce como literatura argentina. Es decir: está Macedonio Fernández, que en ocasiones parece un Valéry porteño, está Güiraldes que está enfermo y es rico, está Ezequiel Martínez Estrada, está Marechal que luego se hace peronista, está Mujica Lainez, esta Bioy Casares que escribe la primera novela fantástica y la mejor de Latinoamérica, aunque todos los escritores latinoamericanos se apresuren a negarlo, está Bianco, está el pedante Mallea, está Silvina Ocampo, está Sabato, está Cortázar que es el mejor, está Roberto Arlt, que fue el más ninguneado de todos. Cuando Borges se muere, se acaba de golpe todo. Es como si se muriera Merlín, aunque los cenáculos literarios de Buenos Aires no eran ciertamente Camelot. Se acaba, sobre todo, el reino del equilibrio. La inteligencia apolínea deja su lugar a la desesperación dionisiaca. El sueño, un sueño muchas veces hipócrita, falso, acomodaticio, cobarde, se convierte en pesadilla, una pesadilla muchas veces honesta, leal, valiente, que actúa sin red de protección, pero pesadilla al fin y al cabo, y, lo que es peor, literariamente pesadillesca, literariamente suicida, literariamente callejón sin salida.</span></p>
<p class="MsoNormal">Aunque con el paso de los años es legítimo preguntarse hasta qué punto la pesadilla o la piel de la pesadilla es tan radical como enunciaban sus cultores. Muchos de ellos viven mucho mejor que yo. En este sentido me puedo permitir afirmar que yo soy una rata apolínea y que ellos cada día se asemejan más a unos gatos de angora o gatos siameses despulgados eficientemente por un collar marca Acme o marca Dionisos, que a esta altura de la historia viene a ser lo mismo.</p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES">La literatura argentina actual, lamentablemente, tiene tres puntos de referencia. Dos de ellos son públicos. El tercero es secreto. Los tres, de alguna manera, son reacciones anti borgeanas. Los tres, en el fondo, representan un retroceso, son conservadores y no revolucionarios, aunque los tres, o al menos dos de ellos, se postulen como alternativas de un pensamiento de izquierda.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES">En el primero reina Osvaldo Soriano, que fue un buen novelista menor. Con Soriano hay que tener el cerebro lleno de materia fecal para pensar que a partir de allí se pueda fundar una rama literaria. No quiero decir que Soriano sea malo. Ya lo he dicho: es bueno, es divertido, es, básicamente, un autor de novelas policiales o vagamente policiales, cuya principal virtud, alabada con largueza por la crítica española, siempre tan perspicaz, fue su parquedad a la hora de adjetivar, parquedad que por otra parte perdió a partir de su cuarto o quinto libro. No es mucho para iniciar una escuela. Sospecho que el influjo de Soriano (aparte de su simpatía y generosidad, que dicen fue grande) radica en las ventas de sus libros, en su fácil acceso a las masas de lectores, aunque hablar de masas de lectores cuando en realidad estamos hablando de veinte mil personas es, sin duda, una exageración. Con Soriano los escritores argentinos se dan cuenta de que pueden, ellos también, ganar dinero. No es necesario escribir libros originales, como Cortázar o Bioy, ni novelas totales, como Cortázar o Marechal, ni cuentos perfectos, como Cortázar o Bioy, y sobre todo no es necesario perder el tiempo y la salud en una biblioteca guaranga para que encima nunca te den el premio Nobel. Basta escribir como Soriano. Un poco de humor, mucha solidaridad, amistad porteña, algo de tango, boxeadores tronados y Marlowe viejo pero firme. ¿Pero firme en dónde, me pregunto de rodillas y sollozando? ¿Firme en el cielo, firme en el retrete de tu agente literario? ¿Pero vos sos tonto, piltrafilla, vos tenés agente literario? ¿Y un agente literario argentino, para mayor inri? Si el escritor argentino contesta afirmativamente esta última pregunta podemos tener la certeza de que no va a escribir como Soriano sino como Thomas Mann, como el Thomas Mann de <em>Fausto</em>. O, ya mareados por la inmensidad de la pampa, directamente como Goethe.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES">La segunda línea es más compleja. La segunda línea se inicia con Roberto Arlt, aunque es muy probable que Arlt sea totalmente inocente de este desaguisado. Digamos, modestamente, que Arlt es Jesucristo. Argentina, por supuesto, es Israel y Buenos Aires Jerusalén. Arlt nace y vive una vida más bien corta. Si no me equivoco, cuarenta y dos años. Es un contemporáneo de Borges. Éste nace en 1899 y Arlt en 1900. Pero, al contrario que Borges, la familia de Arlt es una familia pobre y cuando él es adolescente no se va a Ginebra sino que se pone a trabajar. El oficio más frecuentado por Arlt es el periodismo y a la luz del periodismo es dable ver muchas de sus virtudes, pero también muchos de sus defectos. Arlt es rápido, arriesgado, moldeable, un sobreviviente nato, pero también es un autodidacta, aunque no un autodidacta en el sentido en que lo fue Borges: el aprendizaje de Arlt se desarrolla en el desorden y el caos, en la lectura de pésimas traducciones, en las cloacas y no en las bibliotecas. Arlt es un ruso, un personaje de Dostoievski, mientras que Borges es un inglés, un personaje de Chesterton o Shaw o Stevenson. Incluso a veces, pese a él mismo, Borges parece un personaje de Kipling. En la guerra entre los grupos literarios de Boedo y Florida, Arlt está con Boedo, aunque tengo la impresión de que su ardor guerrero no fue nunca excesivo. Su obra se compone de dos libros de cuentos y de tres novelas, aunque lo cierto es que escribió cuatro novelas y que los cuentos no recogidos en libro, cuentos aparecidos en periódicos y revistas y que Arlt era capaz de escribir mientras hablaba de mujeres con sus compañeros de redacción, dan por lo menos para otros dos libros. También es autor de unos Aguafuertes porteños, en la mejor tradición impresionista francesa, y de unos Aguafuertes españoles, estampas de la vida cotidiana de la España de los años treinta, en donde abundan los gitanos, los pobres y las personas generosas. Intentó hacerse rico con negocios que nada tenían que ver con la literatura argentina de entonces, aunque sí con la ciencia ficción, y fracasó siempre, y siempre de forma inapelable.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES">Después se murió, a los cuarenta y dos años, y, como él hubiera dicho, se acabó todo.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES">Pero no se acabó todo, porque, al igual que Jesucristo, Arlt tuvo a su San Pablo. El San Pablo de Arlt, el fundador de su iglesia, es Ricardo Piglia. A menudo me pregunto: ¿qué hubiera pasado si Piglia, en vez de enamorarse de Arlt, se hubiera enamorado de Gombrowicz? ¿Por qué Piglia no se enamoró de Gombrowicz y sí de Arlt? ¿Por qué Piglia no se dedicó a publicitar la buena nueva gombrowicziana o no se especializó en Juan Emar, ese escritor chileno similar al monumento al soldado desconocido? Misterio. Pero en cualquier caso es Piglia quien eleva a Arlt dentro de su propio ataúd, sobrevolando Buenos Aires, en una imagen muy pigliana o muy arltiana, pero que, en rigor, sólo sucede en la imaginación de Piglia y no en la realidad. No fue una grúa la que bajó el ataúd de Arlt, la escalera era lo suficientemente ancha como para maniobrar, el cadáver de Arlt no era el de un campeón de los pesos pesados.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES">Con esto no quiero decir que Arlt sea un mal escritor, al contrario, es buenísimo, ni tampoco pretendo decir que Piglia lo sea, al contrario, Piglia me parece uno de los mejores narradores actuales de Latinoamérica. Lo que pasa es que se me hace difícil soportar el desvarío –un desvarío gangsteril, de la pesada– que Piglia teje alrededor de Arlt, probablemente el único inocente en este asunto. No puedo estar, de ninguna manera, a favor de los malos traductores del ruso, como le dijo Nabokov a Edmund Wilson mientras preparaba su tercer martini, y no puedo aceptar el plagio como una de las Bellas Artes.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES">La literatura de Arlt, considerada como armario o subterráneo, está bien. Considerada como salón de la casa es una broma macabra. Considerada como cocina, nos promete el envenenamiento. Considerada como lavabo nos acabará produciendo sarna. Considerada como biblioteca es una garantía de la destrucción de la literatura.</span></p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES">O lo que es lo mismo: la literatura de la pesada tiene y debe existir, pero si sólo existe ella, la literatura se acaba. Como la literatura solipsista, tan en boga en Europa, hoy que el joven Henry James vuelve a cabalgar a sus anchas. Una literatura del yo, de la subjetividad extrema, claro que tiene que existir y debe existir. Pero si sólo existieran literatos solipsistas toda la literatura terminaría convirtiéndose en un servicio militar obligatorio del miniyo o en un río de autobiografías, de libros de memoria, de diarios personales, que no tardaría en devenir cloaca, y la literatura también entonces dejaría de existir. ¿Porque a quién demonios le interesa las idas y venidas sentimentales de un profesor? ¿Quién puede decir, sin mentir como un verraco, que es más interesante el día a día de un triste profesor madrileño, por muy atildado que sea, que las pesadillas y los sueños y las ambiciones del insigne y ridículo Carlos Argentino Daneri? Nadie con tres dedos de frente. Ojo: no tengo nada contra las autobiografías, siempre y cuando el que la escriba tenga un pene en erección de treinta centímetros. Siempre y cuando la escritora haya sido una puta y a la vejez sea moderadamente rica. Siempre y cuando el pergeñador de semejante artefacto haya tenido una vida singular. De más está decir que entre los solipsistas y los chicos malos de la pesada, me quedo con estos últimos. Pero sólo como un mal menor.</span></p>
<p class="MsoNormal">La tercera línea en juego de la literatura argentina actual o post Borges, es la que inicia Osvaldo Lamborghini. Ésta es la corriente secreta. Tan secreta como fue la vida de Lamborghini, que murió en Barcelona en 1985, si no recuerdo mal, y dejó como albacea literario a su discípulo más querido, César Aira, que viene a ser lo mismo que si una rata deja como albacea testamentario a un gato con hambre. Si Arlt, que como escritor es el mejor de los tres, es el sótano de la casa que es la literatura argentina, y Soriano es un jarrón en la habitación de invitados, Lamborghini es una cajita que está puesta sobre una alacena en el sótano. Una cajita de cartón, pequeña, con la superficie llena de polvo. Ahora bien, si uno abre la cajita lo que encuentra en su interior es el infierno. Perdonen que sea tan melodramático. Con la obra de Lamborghini siempre me pasa lo mismo. No hay cómo describirla sin caer en tremendismos. La palabra crueldad se ajusta a ella como un guante. La palabra dureza también, pero sobre todo la palabra crueldad. El lector no avisado puede vislumbrar un juego sadomasoquista propio de esos talleres literarios que las almas caritativas y de vocación pedagógica organizan en los manicomios. Es posible, pero se queda corto. Lamborghini siempre va dos pasos más adelante (o más atrás) que sus perseguidores. Es extraño pensar en Lamborghini ahora. Murió a los cuarenta y cinco años, es decir que yo ahora soy cuatro años más viejo que él. A veces abro alguno de sus dos libros, editados por Aira, lo cual es un decir porque lo mismo los pudo haber editado el linotipista o el portero del edificio donde estaba la editorial, la editorial Serbal, de Barcelona, y a duras penas puedo leerlo, no porque me parezca malo sino porque me da miedo, sobre todo la novela tadeys, una novela insoportable, que leo (dos o tres páginas, ni una más) sólo cuando me siento particularmente valiente. De pocos libros puedo decir que huelan a sangre, a vísceras abiertas, a licores corporales, a actos sin perdón. Hoy, que está tan de moda hablar de los nihilistas, aunque cuando se habla de éstos la gente se refiere a los terroristas musulmanes, que precisamente de nihilistas no tienen nada de nada, no estaría de más visitar la obra de un verdadero nihilista. El problema con Lamborghini es que se equivocó de profesión. Mejor le hubiera ido trabajando como pistolero a sueldo, o como chapero, o como sepulturero, oficios menos complicados que el de intentar destruir la literatura. La literatura es una máquina acorazada. No se preocupa de los escritores. A veces ni siquiera se da cuenta de que estos están vivos. Su enemigo es otro, mucho más grande, mucho más poderoso, y que a la postre la terminará venciendo, pero esa es otra historia. Los amigos de Lamborghini están condenados a plagiarlo hasta la náusea, algo que acaso haría feliz al propio Lamborghini si pudiera verlos vomitar. También están condenados a escribir mal, pésimo, excepto Aira, que mantiene una prosa uniforme, gris, que en ocasiones, cuando es fiel a Lamborghini, cristaliza en obras memorables, como el cuento «Cecil Taylor» o la nouvelle Cómo me hice monja, pero que en su deriva neovanguardista y rouselliana (y absolutamente acrítica) la mayor parte de las veces sólo es aburrida. Prosa que se devora a sí misma sin solución de continuidad. Acriticismo que se traduce en la aceptación, con matices, ciertamente, de esa figura tropical que es la del escritor latinoamericano profesional, que siempre tiene una alabanza para quien se la pida. De estas tres líneas, las tres líneas más vivas de la literatura argentina, los tres puntos de partida de la pesada, me temo que resultará vencedora aquella que representa con mayor fidelidad a la canalla sentimental, en palabras de Borges. La canalla sentimental, que ya no es la derecha (en gran medida porque la derecha se dedica a la publicidad y al disfrute de la cocaína y a planificar el hambre y los corralitos, y en materia literaria es analfabeta funcional o se conforma con recitar versos del Martín Fierro) sino la izquierda, y que lo que pide a sus intelectuales es soma, lo mismo, precisamente, que recibe de sus amos.</p>
<p class="MsoNormal">Soma, soma, soma Soriano, perdóname, tuyo es el reino. Arlt y Piglia son punto y aparte. Digamos que es una relación sentimental y que lo mejor es dejarlos tranquilos. Ambos, Arlt sin la menor duda, son parte importante de la literatura argentina y latinoamericana y su destino es cabalgar solos por la pampa habitada por fantasmas. Allí, sin embargo, no hay escuela posible.</p>
<p class="MsoNormal"><span lang="ES">Corolario. Hay que releer a Borges otra vez.</span></p>
<p><strong>Roberto Bolaño</strong></p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.elperseguidor.com/derivas-de-la-pesada/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>La larga risa de todos estos años</title>
		<link>http://www.elperseguidor.com/la-larga-risa-de-todos-estos-anos/</link>
		<comments>http://www.elperseguidor.com/la-larga-risa-de-todos-estos-anos/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 30 Dec 2010 21:03:29 +0000</pubDate>
		<dc:creator>El Perseguidor</dc:creator>
				<category><![CDATA[Entrelíneas]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[Fogwill]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.elperseguidor.com/?p=676</guid>
		<description><![CDATA[No éramos tan felices, pero si en las reuniones de los sábados alguien huiese preguntado si éramos felices, ella habría respondido &#8220;seguro sí&#8221;, o me habría consultado con los ojos antes de decir &#8220;sí&#8221;, o tal vez habría dicho directamente &#8220;sí&#8221;, volteando su largo pelo rubio hacia mi lado para incitarme a confirmar a todos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>No éramos tan felices, pero si en las reuniones de los sábados alguien huiese preguntado si éramos felices, ella habría respondido &#8220;seguro sí&#8221;, o me habría consultado con los ojos antes de decir &#8220;sí&#8221;, o tal vez habría dicho directamente &#8220;sí&#8221;, volteando su largo pelo rubio hacia mi lado para incitarme a confirmar a todos que éramos felices, que yo también pensaba que éramos felices. Pero éramos felices. Ya pasó mucho tiempo y sin embargo, si alguien me preguntase si éramos felices diría que sí, que éramos, y creo que ella también diría que fuimos muy felices, o que éramos felices durante aquellos años setenta y cinco, setenta y seis, y hasta bien entrado el año mil novecientos setenta y ocho, después del último verano.</p>
<p>Salía por las tardes, a las dos, o a las tres.Siempre los martes, miércoles y jueves, después de mediodía, se maquillaba, me saludaba con un beso, se iba a hacer puntos y no volvía hasta las nueve de la noche.<br />
A fin de mes, si había dinero, no salía a hacer puntos. Entonces, también aquellas tardes de martes a jueves nos quedábamos charlando, tomando té, o ella se encerraba en el cuarto para mirar televisión mientras yo trabajaba, o me acostaba a descansar sobre la hamaca paraguaya que habíamos colgado en el balcón.<br />
Y si faltaba plata, en la primera semana del mes hacía dos puntos cada tarde: se iba temprano al centro, hacía algún punto, después volvía a nuestro barrio para hacer otro punto por Callao, y yo la esperaba sabiendo que aquella noche llegaría más tarde. _ Pero siempre teníamos dinero. Hubo caprichos: el viaje a Miami, los muebles de laca con gamuza amarilla y la manía de andar siempre cambiando de auto, esos fueron los gastos mayores de la época, y como casi nunca nos faltaba plata, ella hacía, puntos entre martes y jueves las primeras semanas del mes, llegaba a casa bien temprano, me daba un beso, se cambiaba y se encerraba a cocinar.<br />
A veces pienso que por entonces cada día era tan parecido a los otros, que por esa constancia y esa semejanza se producía nuestra sensación de felicidad.</p>
<p>Salía temprano. Dejaba el taxi en Veinticinco de Mayo y Corrientes y se iba caminado hacia Sarmiento; a veces se entretenía mirando una vidriera de antigüedades, monedas viejas, estampillas. Serían las tres. Había por ahí hombres parados frente a las pizarras de las casas de cambio, gente que copia en sus libretas las cotizaciones, y el precio de los bonos y de los dólares de cada día. Alguno de ésos la miraba.<br />
Entraba al bar de la esquina de la Bolsa. Se hacía servir un té en la barra y generalmente alguien la veía y la reconocía y la citaba. Los conocidos la citaban allí, en el bar de la Bolsa.<br />
Los hombres no podían olvidarla con facilidad.<br />
Si no conseguía cita, pagaba el té, dejaba su propina, se iba caminando por Sarmiento, y en algún quiosco compraba revistas francesas o brasileñas para mirarlas tomando su café en la confitería Richmond de la calle Florida.<br />
Ahí siempre alguien se le acercaba. De lo contrario, poco antes de las cuatro, salía a recorrer Florida hacia la Plaza San Martín mirando vidrieras, o demorándose en las cercanías del Centro Naval y en los barcitos de la zona, llenos de oficiales de paso que dejan sus familias en las bases del sur y sabían de ella.<br />
Si no encontraba un oficial, seguía hasta Charcas y pasaba por la vieja galería, donde nunca solía fallar, porque si los mozos del snack bar la veían sola, le presentaban a los turistas que habían andado por ahí buscando una mujer.</p>
<p>Una mujer. ¿Qué sabrían ellos qué es una mujer? Yo sí sé. Sé que ella era una mujer. No sé si lo sabrán todos los hombres que la encontraban en la Bolsa, en la Richmond, en el Centro Naval, o en algún sitio de su camino entre la Bolsa de Comercio y la galería, pero sé que algunos lo supieron, y fueron sus amigos, y casi amigos míos fueron –los conocí–, y me consta que, por conocerla, algunos de ellos aprendieron qué es una mujer.<br />
Algunas veces se le acercaban hombres de civil fingiendo que buscaban citas, pero ella los descubría –tenía para eso un olfato especial–, y les decía que se fuesen a alcahuetear a otro.<br />
Los especiales, los de la División Moralidad, la dejaban seguir. En cambio, los oficiales nuevos de las comisarías, recién salidos de los cursos, se ofendían y la llevaban detenida a la seccional. Allí tenía que hablar con los de la guardia; mostraba las fotos de publicidad, los documentos, las llaves de casa y las del auto y los jefes le permitían salir.<br />
¿Qué otra cosa podían hacer? Una noche llegó a casa con un subcomisario.<br />
Yo la esperaba trabajando frente a mi escritorio, y cuando oí la cerradura, miré hacia la puerta para ver su carita sonriente y lo vi a él.<br />
Parecía un profesor de tenis, o un vividor de mujeres ricas. El notó la expresión de mi cara al oír que me lo presentaban como subcomisario y quedó sorprendido, igual que yo. &#8216; Me reconoció por aquella película de la Edad Media –la del whisky como había pensado que ella vivía sola, miraba mi kimono de yudo, veía el desorden de papeles sobre mi escritorio, y la miraba a ella, averiguando.<br />
Notó un papel de armar entre mis libros. Era un papel americano, con los colores de la bandera yanqui y preguntó si fumábamos. Ella dijo que estaba para ofrecer a las visitas y a él le pareció bien y siguió curioseando entre los libros. Esa primera vez estuvo medio trabado, igual que yo, que jamás esperé que me trajera un policía a casa.<br />
Pero después nos hicimos amigos. Se acostumbró a venir y nos telefoneaba desde el garage para anunciar que al rato subiría a tomar algo, o a charlar. Dejaba sus armas en el auto. Para ellos es obligatorio llevar siempre la pistola en su funda de la cintura, o en esas carteritas que usan ahora, pero él, por respeto a la casa, dejaba todo en el garage.</p>
<p>A veces preguntaba por ella: –¿Y Franca&#8230;? –Parecía amenazarme: &#8220;si decís que no está, seguro que me muero&#8230;&#8221;.<br />
Y yo le explicaba que estaría haciendo puntos, que pronto llegaría, y lo invitaba con un whisky.<br />
Para no molestar, él se quitaba los zapatos, se acostaba en el sillón del living y se quedaba ahí mirando el techo hasta que ella llegara, sólo por verla, aunque estuviesen esperándolo en su oficina, una sección especial de vigilancia que funcionaba cerca de casa en la época de la presidencia de Isabel.<br />
Parecía un instructor de tenis, o el encargado de un yate de lujo. Siempre de sport, bronceado; tenía cuarenta y dos años, pero parecía menor, de treinta o treinta y cinco. Se llamaba Solanas.<br />
Fuimos bastante amigos. No es fácil ahora confesar amistad hacia un policía, pero no has sido el único. También siento amistad hacia el inspector Fernández, de la Policía Federal, a la llaman la mejor del mundo aunque a él lo tenga destinado a una comisaría de mala muerte, en un barrio donde jamás nada sucede. A Solanas lo había conocido haciendo puntos.<br />
Le habrá cobrado, la primera vez, lo mismo que por entonces les cobraba a todos; serían veinte, o veinticinco mil pesos: unos cien dólares, quinientos millones de ahora. ¿Cómo decirlo si el valor del dinero cambia más que cualquier otra costumbre de la gente&#8230;? Desde que se hizo amiga de Solanas y lo empezó a traer a casa, nunca volvió a cobrarle.<br />
Tampoco creo que haya vuelto a acostarse con él: ella diferenciaba a los amigos de los puntos, y entre los puntos distinguía bien a los clientes estables de aquellos hombres ocasionales que aceptaba sólo cuando veía que se le estaba yendo la tarde sin conseguir un conocido. . Si los entraba a casa, significaba que ya era amiga de los puntos. Saldrían del hotel, o del departamentito del hombre y entusiasmados, irían a un bar para seguir charlando. Después, cuando llegaba la hora de volver, ella querría volver –necesitaba volver–, se haría acompañar hasta la puerta y si seguía la charla y le seguía el entusiasmo, lo hacía subir a nuestro departamento.</p>
<p>Cuando está comenzando una amistad, nada la puede detener. Por eso, al nuevo amigo ella lo hacía pasar, lo presentaba, y el hombre seguía hablando conmigo mientras ella se cambiaba y se encerraba a cocinar para los tres.<br />
Los que se hacían amigos cenaban en casa; a los que no se querían ir, les preparábamos una camita en el living, y ahí dormían, sin preocuparse por lo que hacíamos en nuestra habitación.<br />
Hasta venir a nuestro departamento nunca un cliente sabía de mí. Yo en cambio sabía de ellos porque Franca me detallaba todo lo que hacía con los puntos. Fue una época. Yo quería averiguar, conocer más. Sentía curiosidad por entender qué había hecho cada tarde, y hasta «ataba de imitar, por la noche, lo que ella había estado haciendo con los puntos durante el día.<br />
Por eso conocí, sin haber ido nunca, todos los hoteles que a ella le gustaban, y hasta podía imaginarme los departamentitos de los solteros, y la decoración de los departamentos que alquilan los casados para escaparse un poco de la mujer. Tenía de cada uno de esos lugares una idea tan nítida como la de Franca, que se acostaba allí dos o tres veces por mes.<br />
Parece mentira, pero la gente, aun en las cosas que hace más en la intimidad, se parece entre sí tanto como en las que hace porque las vio hacer antes a los vecinos, a sus socios del club o a los actores de las propagandas de la televisión.<br />
Después dejé de averiguar. Ella me anunciaba si había hecho algo poco común, aunque eso sucediera muy pocas veces.<br />
Celos jamás sentí. Rabia sí; cuando pensé que me mentía, o cuando sospeché que ella agregaba algún detalle para probar si yo sentía celos.<br />
Con el tiempo aprendí que así como yo nunca le había mentido, ella tampoco a mí me había mentido, y por eso, si alguien hubiera preguntado si éramos felices, habría dicho ella, igual que yo, que sí, que éramos muy felices a pesar de las pequeñas peleas y de los celos.</p>
<p>Porque ella sí celos sentía.<br />
–¿Qué hiciste hoy&#8230;? –preguntaba al llegar.<br />
–Y&#8230; nada&#8230; –decía yo, mostrándole mi yudogui impecable, el cinturón recién planchado, el escritorio cubierto de fichas y de notas, y el mate frío junto a mi cenicero lleno de filtros de cigarrillos terminados.<br />
–Nada&#8230; volvía a decirle, disimulando la sonrisa que me nacía al pensar que ella había andado por ahí creyendo que esa tarde yo habría sido capaz de salir o de hacer algo diferente de cualquier otra tarde de mi vida.<br />
–¿Qué hiciste hoy? ¿Quién estuvo esta tarde? –volvía a preguntar.<br />
–Y&#8230; nadie, Franca, nadie –le repetía yo.<br />
¿Quién iría a estar? –¡Mentiras&#8230;! –decía ella–. ¡Mentiras! Te leo en los ojos que hubo alguien. –No. No hubo nadie Franca –le decía, y ya sin sonreír, porque sabía cómo iba a terminar todo eso, empezaba a mirarle los ojos verdes, para que al comprobar que resistía su mirada, ella entendiese que no tenía nada que ocultarle, que nadie había venido, y que yo, aquella tarde, no había hecho nada distinto a lo de todas las otras tardes de la semana.<br />
Entonces ella dejaba de mirarme. Sus ojos verdes se fijaban en la pared j yo veía sólo la parte blanca de los ojos que empezaba a nublarse por lágrimas mezcladas con rimnmel aceitoso disuelto.<br />
(Había algo loco en eso de mirar siempre hacia un costado, siempre al mismo costado, como si la pintura de la pared, o la pintura de los cuadros colgantes de la pared, pudiese responder sus preguntas: &#8220;¿Quién vino?&#8221; &#8220;¿Dónde fuiste?&#8221;).Y yo quería consolarla.<br />
Alzaba un brazo, trataba de acariciarle el pelo, pero ella se volvía más hacia la pared y miraba algún cuadro, o peor, al zócalo directamente. Gritaba: –¡Ves que siempre mentís! ¿Ves que mentís? –volvía a gritar, como si la pared le hubiese confirmado que yo mentía. (Yo no mentía.)<br />
–No nena&#8230; No te miento&#8230; –juraba yo, riendo, pero ella lloraba cada vez más fuerte y me decía entre sollozos que se iba a ir con un punto que le había prometido un departamento en Manhattan, con otro que la invitaba a un viaje por islas del Caribe, o con aquel que le ofrecía pasar el verano en su estancia del Brasil.<br />
¿Cómo no iba a reír si siempre amenazaba igual: el Brasil, las islas del Caribe, el departamento &#8220;studio&#8221; en la isla de Manhattan&#8230;? Pero debía haber evitado reír. Era peor: ella gritaba más: –¿Ves&#8230;? –preguntaba–. ¡Te reís! –se respondía. Y explicaba–: ¡Quiere decir que no te importa que me vaya&#8230;! Quiere decir que vos no me querés&#8230; ¡Que nunca me quisiste! ¡Das asco! –No nena&#8230; –hablaba yo–: ¡No peliés! –rogaba. Yo había dejado de reír, pero ella no había dejado de llorar.<br />
–¿Cómo que no peliés? –decía–. ¡Cómo querés que no pelee si me mentís! –Y me miraba y me gritaba:¡Sos insensible! –protestaba cada vez más, gritando más.<br />
Entonces yo miraba la hora y calculaba. Sentía el paso del tiempo. .. Sentía que perderíamos la cena.<br />
Y ella miraba mi escritorio –venía hacia mí y yo temía que comenzase a destrozar los libros, o a revolverme los papeles, o peor, que como muchas veces, acabara tirando el cenicero y mi mate al piso, aunque después ella misma tuviese que juntar la ceniza y los restos de yerba, y fregar la mancha verdosa que impregnaría la alfombra. Procuraba proteger mi escritorio; cubría todo con mis brazos abiertos.<br />
–¡No sigás&#8230;! –rogaba yo.<br />
Pero seguía, ella. Tac, un libro. Trac: el cenicero. Tlaf: el mate de boca contra la alfombra; todo caía. Y yo me controlaba, me relajaba, trataba de calmarla. Imposible: nunca se calmaba.<br />
Entonces dejaba mi escritorio; iba hacia ella, le aplicaba una palanca de radio–cúbito, y la llevaba encorvada hacia el sofá. Trabándola contra los almohadones, sobre el sofá o sobre la alfombra, evitaba que se lastimase tratando de librarse de mi palanca.<br />
–Calmáte amor&#8230; no sigas&#8230; –le pedía entonces, hablándole contra la oreja.<br />
Pero ella gritaba más: que la iba a matar, que la quería matar. Y yo pensaba en los vecinos, intentando callarla, y aplastaba su boca contra los almohadones. Era peor: se sacudía, gritaba más.<br />
Entonces le vendaba la boca con mi cinturón, tensaba el cinturón bajo su pelo, por la nuca, y con sus cabos le ataba las manos contra la espalda. Inmóvil, podía decirle lentamente que la quería, que nadie había venido, que yo no había salido y que sabía que nunca me cambiaría por el de Brasil, ni por nadie y ella dejaba de forcejear y yo apagaba la lámpara y me desnudaba.<br />
Le hablaba despacito. La desnudaba y antes de desatar el cinturón le acariciaba el cuello y los brazos para probar si estaba relajada. Sólo la castigaba si hacía algún ruido o intentos de gritar por la nariz que pudiesen alarmar a los vecinos.<br />
Cuando se ponía bien soltaba el nudo la besaba, le besaba los ojos y la cara, acariciaba todo su cuerpo y la sentía todavía sollozar, o temblar –eran los ecos de tanto que había llorado y gritado y nos besábamos las bocas, y ella empezaba a reír porque reconocía en mi boca el gusto de sus lágrimas mezclado con gusto de tabaco y de rimmel, y así nos abrazábamos como jamás debió haberse abrazado con sus puntos y nos íbamos al cuarto, o a la hamaca, y nos quedábamos por horas mándonos, o hamacándonos hasta que el hambre, la sed o mis absurdas ganas de fumar nos obligaban a separarnos.<br />
Esas noches no cocinaba. Después del baño bajábamos a un restaurante del barrio y nos sentíamos felices.</p>
<p>La gente, desde las otras mesas, nos notaría felices y pasábamos días y semanas enteras felices sin pelear.<br />
Si le quedaban marcas, reprochaba –¡Qué van a pensar&#8230;! –decía, riéndose, reconociendo que ella había tenido la culpa.<br />
Y nos divertíamos pensando que a los puntos de esa semana, las marcas del cuello, la espalda y las muñecas los entusiasmarían más.<br />
Decía que le contaba a algunos –a los que le parecían más sensible–, que el hombre que vivía con ella se emborrachaba y le pegaba. Que algunas veces debían llevarla desmayada al hospital. Que no se separaba ni se atrevía a abandonarlo porque el tipo era un asesino y que estaba segura de que tarde o temprano terminada matándola.<br />
A otros les hacía creer que se había lastimado en una caída del caballo.<br />
Tenía un caballo en el Club Hípico Alemán de Palermo. Lunes y sábados se iba a practicar equitación. Le hacía bien eso a ella, como a mí me hacían bien las prácticas de yudo.</p>
<p>Toda la gente debería practicar un deporte violento: teniendo el cuerpo tenso y fortalecido se está mejor de la cabeza, se respira y se duerme mejor, se fuma menos y la vida comienza a parecerse más a lo que debe ser la verdadera felicidad.<br />
El caballo era un alazán. Se llamaba Macri; no sé por qué. Lo conocí un sábado, mientras la esperaba cerca del lago. Ella desmontó, vino hacia mí trayéndolo por una rienda, y cuando dejé el auto para besarla, el animal olió mi pelo, resopló, y se puso a golpear, nervioso, el suelo con las patas. .<br />
Nunca, dijo ella, se había portado así. Era un caballo que tenía fama de noble y manso, pero algo de mí debía ponerlo mal, porque las pocas veces que me tuvo cerca reaccionó igual: resoplaba, pisoteaba nervioso el césped con sus cascos. .<br />
La seguían militares por Palermo. A ella no le gustaban los militares, pero los lunes y los sábados –los días de ella–, muchos van por ahí probando sus caballos.<br />
Se le arrimaban. Trataban de hacer citas.<br />
Siempre los rechazaba.<br />
Nunca hizo puntos por Palermo, ni en el Hípico.<br />
Para ella los caballos, especialmente su caballo, eran una pasión.</p>
<p>El cuidador del Macri, lo supimos después, era suboficial de Ejército. Se ocupaba de eso para reforzar su pequeño sueldito de fin de mes.<br />
Yo luchaba con un capitán. Por mi peso –sesenta y dos kilos–, nunca encontraba en la academia con quién luchar. A veces probaba con mujeres, pero no tenían técnica ni fuerza. Había muchachos jóvenes, de mi peso, con fuerza y con técnica, pero sin la madurez y la concentración que se logran en el yudo sólo mediante años de práctica.<br />
Entonces debía buscar gente de más peso. El capitán –setenta kilos era un hombre moreno y bajito. Cuando Fukuma nos presentó, y durante el saludo, miró mi cinturón y habrá pensado que el maestro le pedía, como favor, que me probase.<br />
Gané los seis primeros lances seguidos. Siempre ganaba.<br />
Una tarde, practicando retenciones, le apliqué algunas técnicas de hapkido y lo noté desesperado por salir. Cuando le hacía un &#8220;ojal&#8221; con la solapa de su yudogui argentino de loneta, no bien sentía que la circulación cerebral se le dificultaba, en vez de golpear para que lo dejase salir, me clavaba sus ojitos negros reticulados de capilares rojos y yo veía una mirada de odio distinta a la de Franca, no sólo a causa del contraste con el hermoso color verde de ella, sino también porque se entendía que en aquel hombre nadie podría transformar el odio en un sentimiento más elaborado.</p>
<p>Mucha gente jamás comprenderá el deporte.<br />
Ahora permiten federarse y competir en torneos a personas llenas de ideas agresivas, a quienes la experiencia del triunfo y el fracaso no les sirve de nada.<br />
Habría que averiguar bien qué entiende alguien por éxito y derrota antes de autorizarlo a combatir o darle un rango que habilita para formar discípulos. De lo contrario, en pocos años, terminarán por desvirtuarse los principios de las artes marciales.<br />
Perder es aprender. Esto me lo enseñó Fukuma, que lo aprendió del maestro Murita, dan imperial que nunca autorizó la ostentación de colores de rangos en su dojo.</p>
<p>&#8220;Si yo tuviera tanta fuerza y tanta habilidad&#8230;&#8221; –decía ella, refiriéndose a mis palancas y mis técnicas.<br />
Pero jamás pudo aprender. Compró kimono, pagó matrícula y el primer mes de un curso con Fukuma, pero al cabo de cuatro clases desistió reconociendo que no alcanzaba a comprender los fundamentos de nuestro deporte.<br />
Franca había nacido para los caballos.<br />
Calculó Olda Ferrer que yo podría ganar una fortuna instalando un gimnasio.<br />
–¿Cuánto ganaría? –le pregunté.<br />
–Mucho –decía ella, mientras su marido, un psicoanalista, aconsejaba a Franca que me impulsase a tomar discípulos.<br />
Para los psicoanalistas, poner un cartelito y arreglar un local donde otra gente pague por asistir es un ideal de la vida humana, que resulta aún más elevado si el lugar se llama &#8220;instituto&#8221; y el dinero que los clientes pagan es mucho.<br />
–¿Pero cuánto es mucho? –pregunté a la Ferrer, que era una economista bastante conocida, y calculó una cifra: –Diez mil, para empezar. Después más, veinte, o treinta mil&#8230;<br />
Dijo eso o cualquier otro número; no sé cuánto valía el dinero por entonces. Recuerdo en cambio que Franca me guiñaba los ojos, porque durante el mes anterior ella había producido treinta y cinco mil sin poner instituto ni perder tiempo preparando discípulos incapaces de alcanzar objetivo alguno. Pero una vez casi me instalo. Se lo dije a Fukuma. El viejo recomendaba que sí:<br />
–¡Metéte! –dijo, y era gracioso oírlo, porque a causa de su acento, &#8220;metéte&#8221; nos parecía una palabra japonesa, mientras que a él le sonaría tan natural y tan argentina como cualquiera de las palabras del español que siempre pronunciaba mal.</p>
<p>Sucedió en 1975. Estaba intervenida la universidad y echaban a los profesores porque en la facultad habían tolerado a los grupitos de estudiantes que se mezclaron con la guerrilla.<br />
Pensé que me despedirían también a mí. En el segundo cuatrimestre cambié el turno de mis clases y comencé a dictar los teóricos en este horario de lunes y sábados entre ocho y diez de la mañana. Con los nuevos horarios venían menos alumnos, y como las autoridades de la intervención siempre llegaban tarde y nunca me veían, se fueron olvidando de mí y no tuve necesidad de &#8220;meter&#8221; un instituto.<br />
Calculaba así: &#8220;si con cuatro horas semanales gano mil, y con cuarenta horas ganaría diez mil, cambiar no me conviene&#8221;. Las cifras son falsas: nadie. recuerda cuánto ganaba por entonces.<br />
Hay algo que se aprende con el estudio de las artes marciales: actuar sobre las partes del enemigo que ofrecen menos resistencia.</p>
<p>Escribí &#8220;partes&#8221;. Una traducción correcta del japonés habría elegido la palabra &#8220;puntos&#8221;.<br />
Franca reiría si leyese estas notas.<br />
Hablé una tarde con el capitán. Le conté lo que ocurría en la Universidad y hablé de mis temores por mí, por Franca. Prometió ayudarme.<br />
Al tiempo, vino a decirme que había hecho averiguaciones y que como yo no tenía antecedentes, no debía preocuparme.<br />
Pero a mediados del setenta y siete, cuando desapareció un chico del gimnasio al que también le había prometido que no necesitaba preocuparse porque no tenía antecedentes, llamé a Solanas y él me llevó, sin que Franca supiese, a la oficina aquella a blanquear.<br />
&#8220;Blanquear&#8221; quería decir contar lo que uno pensaba, lo que sabía que pensaban o hacían los otros y lo que pensaba que hacían, pensaban o sabían los otros. El hombre de la oficina, un canoso muy alto que debía ser el jefe, después de hablar y preguntar durante más de tres horas, aconsejó que si algún día me llevaban tenía que convencerlos de que había blanqueado, y reclamar que revisaran mis hojas en el batallón trescientos y pico. Después Solanas me aclaró que haber blanqueado no garantizaba nada, que no se podía Poner las manos en el fuego por nadie y que todo aquel trámite&gt; &#8220;en el mejor de los casos&#8221;, podía ser una ayuda.<br />
Creo que todos vieron lo que fue pasando durante aquellos años. Muchos dicen que recién ahora se enteran. Otros, más decentes, dicen que siempre lo supieron, pero que recién ahora lo comprenden. Pocos quieren reconocer que siempre lo supieron y siempre lo entendieron, y que si ahora piensan o dicen pensar cosas diferentes, es porque se ha hecho una costumbre hablar o pensar distinto, como antes se había vuelto costumbre aparentar que no se sabía, o hacer creer que se sabía, pero que no se comprendía.<br />
Se lo aprende en la vida, o en el dojo: siempre es igual que antes. Para la gente, lo importante es vivir mirando hacia donde los otros le señalan, como si nada sucediera detrás, o más adelante.<br />
Si cuando sucedía aquello había que pensar otra cosa, ahora, que hay que pensar en lo que entonces sucedía, indica que no habrá que mirar ni pensar las cosas que suceden en este momento.</p>
<p>Ochenta y tres. Empieza otro año y llegan nuevas promociones de alumnos. Cada cuatrimestre los estudiantes me parecen más jóvenes, más niños. Es porque en mi memoria los alumnos de antes han seguido creciendo o envejeciendo, aunque nunca los haya vuelto a ver.<br />
En mi memoria crecen y encanecen muchachos y muchachas que murieron poco después de aprobar el examen final, hace cinco o diez años.<br />
Mi memoria de mí continúa intacta. Me imagino como el día que comencé en la cátedra, hace ya doce años.<br />
Tenía veintisiete.<br />
Franca tampoco envejeció. Tiene treinta y nueve, mi edad. Hace puntos aún, pero jura que &#8216;el marido no lo sabe.<br />
Vive con él, con los hijitos que –tuvieron con él, y con la suegra, que los cuida.<br />
La veo muy pocas veces. Pregunto cómo no pudimos seguir siendo felices.<br />
Ella protesta que es feliz, que ya no siente celos, y que ahora es él –el marido– quien siente celos. &#8216; Sabe que ella hacía puntos, pero no sabe, o finge que no sabe, que sigue haciendo puntos ahora. Ella dice que él nunca conocerá lo nuestro, porque si se enterase la echaría de la casa, le quitaría los hijos o haría cualquier locura. Lo cree capaz.<br />
Cuenta que salvo alguna situación en la que debió entrar para satisfacer caprichos de los clientes, jamás ha vuelto a acostarse con mujeres, y que yo fui la única por quién sintió algo frente y sincero en la vida.<br />
Le creo.<br />
Creer, o no creer, no me hace más ni menos feliz, Claudia volvió a leer hasta aquí y quiere saber si éramos felices. Digo que sí: –Como con vos. Igual que con vos, Claudia –le digo y me parece que está por volver a llorar.<br />
¿Llorará? A veces llora.<br />
–No Claudia, celos no, por favor –le ruego, porque siento que comienza a llorar.<br />
Y ella me jura que no son celos de mí, ni de la otra, sino celos de un tiempo en el que fuimos muy felices y ella no estaba conmigo.<br />
–Y ahora, Claudia –pregunto–: ¿No somos felices? Desde el rincón del living me mira sin hablar.<br />
Recién llega de hacer sus puntos y se ha puesto a ordenar los discos. Después de un rato dice: –Sí&#8230; somos felices&#8230; Pero quisiera que todo esto se te borre de la podrida cabeza&#8230;<br />
Y yo soplo. (Algo así ha de haber sentido el caballito de Franca Charreau.) Ella no pudo oírme, pero se acerca. Adivino qué va a ocurrir.<br />
Acerté.<br />
Se arrima al escritorio. Espía lo que escribo.<br />
Revuelve mis papeles y empieza, como siempre, a hablar de Franca.<br />
–¡Esa puta&#8230;! Andaba con mujeres&#8230; ¡Se encamaba con todas las putas reventadas de Buenos Aires&#8230;! Cuando se pone así, Claudia siempre habla así.<br />
Después me dice que soy una estúpida, una imbécil, y vuelve a repetir que Franca era una puta.<br />
–Igual que vos, mi amor –le digo. Estoy serena. ¿Será necesario que alguna vez pierda el control y que me exalte para calmarla? –Dudás de mí –me dice y llora–: ¡No creés en mí! –No nena –digo–, nunca dudé de vos.<br />
–Claro –responde–, es porque estás segura, porque salís con otras&#8230; Porque te ves con esa puta de Franca&#8230; Por eso&#8230;<br />
Y llora y habla a gritos. ¿Tendré que interpretar? Interpreto: –No, nena, no es así. La que quiere salir con otras debés ser vos&#8230; No yo&#8230; Yo estoy muy bien en mi escritorio&#8230; Te ponés mal&#8230; estás haciendo esto –digo para sentirte mal, para no estar mejor conmigo&#8230;<br />
–Y ella&#8230; ¿Podía estar bien con vos? –pregunta y me golpea el escritorio.<br />
–Sí, Claudia –digo temiendo que vuelva a romper algo–, como vos: a veces, como vos hoy, ella tampoco podía&#8230;<br />
Ella no sabe controlar sus reacciones. Tampoco yo sé controlar mis no–reacciones. Si actuase como ella desea, todo sería distinto. Más violento y confuso –más peligroso pero tal vez sería mejor. Apagaré la luz. .<br />
Veo su silueta moverse en la semipenumbra del living y reconozco su intención. Amenazo: –Si seguís, Claudia, sabés lo que te va a pasar&#8230;<br />
Pero sigue:<br />
–Sos una mierda&#8230; ¡Sos una mierda! ¡Sos una renga borracha y podrida como las cosas que escribís&#8230;! Y grita. Grita cada vez más: –Sos una puta como Franca&#8230; –Ahora todos los vecinos la escucharán.<br />
Odio sus miradas indiferentes en el ascensor, o en el palier. Atentos, educados, fingen no habernos oído nunca. Así son ellos: viven fingiendo, ocultando lo que ocurre detrás. ¿Como en el cine? Como en un cine. Como en la vida.<br />
Que termine. Por los vecinos, pido. Que no quiero más humillaciones con los vecinos, digo.<br />
Sigue:<br />
–Podrida&#8230; Renga&#8230; ¡Como lo que escribís&#8230;! ¡Era una puta&#8230;! Grita más, sigue gritando hasta que dejo mi silla, la sorprendo por detrás y le cruzo el antebrazo contra la boca haciendo firme su muñeca con el cabo del cinturón. Ya no la pueden oír.<br />
Grita por la nariz. Entiendo cada una de sus sílabas: &#8220;Borracha&#8221;, &#8220;renga&#8221;, &#8220;podrida&#8221;, &#8220;curda&#8221;.<br />
¡Tantas veces la oí! La vuelco sobre los almohadones. Se arquea.<br />
Golpea su frente y las orejas contra la alfombra y contra las patas del sofá. No es fácil sujetarla.<br />
Se marcará.<br />
Cuando termino de atar sus manos me desnudo, manteniéndola quieta con mi pierna apoyada en su cintura. Chilla por la nariz, sacude la cabeza. Todo retumba.<br />
Después, desnuda, comienzo a desnudarla. No es fácil; Claudia es fuerte –pesa cincuenta y ocho–, se mueve y se resiste. Comienzo a acariciarla. Beso sus lágrimas. Beso sus ojos, beso su pelo húmedo y siento el gusto de su sangre: otra vez se le han abierto las cicatrices de la sien.<br />
La abrazo.<br />
Siento cómo se va calmando lentamente.<br />
Entonces paso mis manos tras su espalda y desato el cinturón. La mano libre de ella se clava en mi cintura, bajo la espalda. Me hiere con sus uñas, pero se está calmando.<br />
Después se aquieta y nos besamos. Se mezclan gustos en nuestras bocas: las lágrimas, la sangre y los restos de rimmel y de lápiz de labios. Nos abrazamos más. Nos apretamos cada vez más y vamos abrazadas a la hamaca o al cuarto, para hamacarnos, o acariciarnos. Ríe. Reímos juntas y más tarde, después del baño, cuando salimos i comer, vuelve a reír al recordar la escena de esta noche y yo río a la par y la gente nos mira reír ¿Pensarán todos que somos muy felices? Tal vez.<br />
Pero aquí nadie nos conoce. Los que solían comer en estos restaurantes ya no andan más por nuestro barrio.<br />
–Todo cambia –le digo, y querría que entendiese que no le estoy diciendo cualquier frase, que en estas dos palabras hay una enseñanza que ella, algún día, deberá aprender.<br />
–Soy feliz&#8230; –me dice, como si hubiera comprendido y confiesa que si encontrase un hombre capaz de darle la cuarta parte de la felicidad que ha tenido conmigo, se iría con él, porque soy una borracha podrida que sólo sabe destruir, y repite que soy una borracha, que algún día me olvidará como seguramente Franca me ha olvidado.<br />
Y yo río. (¡Tantas veces a gente del restaurante me habrá visto reír&#8230;!) Río porque ella está simulando una pelea para probarme –para provocarme–, pero cuando pregunta por qué río, miento y respondo que me río de ella, porque si confesase que río de un país, de una ciudad, de un restaurante y de sus mesas semejantes donde la gente come menús idénticos al nuestro y todo nos parece natural, o real, ella no me creería, sentiría que la engaño y hasta sería capaz de reiniciar otra de sus escenas de violencia.</p>
<p><strong>Fogwill</strong></p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.elperseguidor.com/la-larga-risa-de-todos-estos-anos/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>La gran salina</title>
		<link>http://www.elperseguidor.com/la-gran-salina/</link>
		<comments>http://www.elperseguidor.com/la-gran-salina/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 30 Dec 2010 21:03:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator>El Perseguidor</dc:creator>
				<category><![CDATA[Entrelíneas]]></category>
		<category><![CDATA[Poesía]]></category>
		<category><![CDATA[Zelarayán]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.elperseguidor.com/?p=680</guid>
		<description><![CDATA[Con sólo cinco libros publicados en pequeñas editoriales, Ricardo Zelarayán fue uno de los autores que mayor influencia ejerció sobre las nuevas generaciones de narradores y jóvenes poetas argentinos.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>La locomotora ilumina la sal inmensa,<br />
los bloques de sal de los costados,<br />
los yuyos mezclados con sal que crecen entre las vías.<br />
Yo vacilo…<br />
y callo…<br />
porque estoy pensando en los trenes de carga<br />
que pasan de noche por la Gran Salina.<br />
La palabra misterio hay que aplastarla<br />
como se aplasta una pulga,<br />
entre los dos pulgares.<br />
La palabra misterio ya no explica nada.<br />
(El misterio es nada y la nada no se explica por sí misma.)<br />
Habría que reemplazar la palabra misterio<br />
(al menos por hoy, al menos por este “poema”)<br />
por lo que yo siento cuando pienso en los trenes de carga<br />
que pasan de noche por la Gran Salina.<br />
La pera trepida en el plato.<br />
La miel se desespera en el frasco cerrado,<br />
para desesperación de las moscas que le acechan posadas al vidrio.<br />
Pero yo no me explico<br />
y hasta ahora nadie ha podido explicarme<br />
por qué me sorprendo pensando<br />
en la Gran Salina.<br />
El hombre de chaleco del salón comedor<br />
se ha quitado los anteojos.<br />
Los anteojos trepidan sobre el mantel de la mesa tendida.<br />
Todo trepida,<br />
todo se estremece,<br />
en el tren que pasa a mediodía por la Gran Salina.<br />
Yo me he sorprendido mirando<br />
la sombra del avión que pasa por la Gran Salina.<br />
Pero eso no explica nada.<br />
Es como una gota que se evapora enseguida.<br />
Hay que distraerse, dicen.<br />
Hay que distraerse mirando y recordando<br />
para tapar el sueño<br />
de la Gran Salina.<br />
Un piano colgado como una araña del hilo<br />
se ha detenido entre los pisos doce y trece…<br />
Un camión pasa cargado de ventiladores de pie<br />
que mueven alegremente sus hélices.<br />
En 1948, en Salta,<br />
fuimos de noche a cazar vizcachas y ranas,<br />
y la conversación se apagó con el fuego del asado,<br />
abrumados como estábamos por el cielo negro<br />
y estrellado.<br />
Nerviosamente encendíamos y apagábamos las linternas<br />
hasta quedarnos sin pilas.<br />
Tampoco puedo explicarme por qué sueño con pilas de linternas,<br />
con pilas para radios a transistores.<br />
Ni por qué sueño con lamparitas de luz,<br />
delicadamente guardadas en sus cajas respectivas.<br />
Ni por qué me sorprendo mirando el filamento roto<br />
de una lamparita quemada.<br />
Nunca he visto…<br />
nunca he podido imaginarme<br />
la lluvia cayendo sobre la Gran Salina.<br />
Yo no tengo objetivos pero me gusta objetivar.<br />
Desde chico intenté cortar una gota de agua en dos<br />
(con una tijera).<br />
Aún hoy intento,<br />
apartando las cosas de la mesa<br />
o ahuyentando amigos,<br />
imitar, imaginarme, la lluvia sobre la Gran Salina.<br />
Tomo una plancha caliente y le salpico gotas de agua.<br />
Pero aunque pueda imaginarme todo,<br />
nunca podré imaginarme<br />
el olor a salina mojada.<br />
Anoche llegué a mi casa a las tres de la mañana.<br />
En la oscuridad, tropecé con un mueble…<br />
y allí nomás me quedé pensando<br />
en lo que no quería pensar…<br />
en lo que creía bien olvidado!<br />
Pero en realidad me estaba escapando<br />
del sueño estremecedor de la Gran Salina.<br />
Y ahora me interrogo a mí mismo<br />
como si estuviera preso y declarara:<br />
“La Gran Salina o Salina Grande<br />
está situada al norte de Córdoba,<br />
cerca (o dentro, no recuerdo)<br />
del límite con Santiago del Estero.”<br />
Estoy mirando el mapa…<br />
pero esto no explica nada.<br />
La caja de fósforos queda vacía<br />
a las cuatro de la mañana<br />
y yo me palpo a mí mismo, desesperado,<br />
con el cigarrillo en la boca…<br />
Habría que inventar el fuego, pensarían algunos.<br />
Yo en cambio pienso en los reflejos del tren<br />
que pasa de noche junto al río Salado.<br />
No puedo dormir cuando viajando de noche<br />
sé que tengo a mi derecha<br />
el río Salado.<br />
Paro aún así sigo escapando del gran misterio…<br />
del misterio de la sal inagotable de la Gran Salina.<br />
Recuerdo cuando arrojábamos impunemente naranjas chupadas<br />
al espejo ciego y enceguecedor de la Gran Salina.<br />
A la siesta, cuando la resolana enceguece más que el sol.<br />
Esperábamos llegar a Tucumán a las siete<br />
y a las dos de la tarde tuvimos que cambiar una rueda<br />
junto a la Gran Salina.<br />
Un diario volaba por el aire…<br />
el sol calcinaba las arrugadas noticias del mundo<br />
del diario que caía sobre la Gran Salina.<br />
Y vi pasar varios trenes<br />
y hasta un jet…<br />
Los pasajeros de los Caravelle<br />
o de los Bac One-Eleven,<br />
no saben que esa mancha azulada,<br />
que a lo mejor están viendo en este mismo momento,<br />
desde ocho mil metros de altura,<br />
esa mancha azulada que permanece durante escasos minutos,<br />
es la Gran Salina,<br />
la Salina Grande.<br />
Pero el jet anda muy alto.<br />
La Gran Salina no conoce su sombra que pasa.<br />
Los pasajeros del jet duermen…<br />
se sienten muy seguros.<br />
En el jet no hay paracaídas.<br />
Los jets no caen. Explotan.<br />
Hace unos años,<br />
un avión que no era un jet volaba, creo, sobre Santa Fe.<br />
De pronto se abrió una puerta<br />
y una camarera tuvo que obedecer calladita<br />
a las sagradas leyes de la física,<br />
y demostrar su inequívoco apego a la ley de la gravedad.<br />
Una ley dura como las piedras metidas en la boca de Demóstenes<br />
que, según dicen, hablaba mucho.<br />
Aquí hay que hacer un minuto de silencio.<br />
Primero, por la dócil camarera sin cama del avión.<br />
Después, por las palabras muertas,<br />
muertas por no decir nada…<br />
misterio, por ejemplo,<br />
que sirve para no explicar lo inexplicable,<br />
lo que yo siento cuando pienso en la Gran Salina,<br />
lo que traté de no pensar un día que caminaba por la Gran Salina<br />
tratando de distraerme y de no pensar dónde estaba,<br />
escuchando una canción de Leo Dan<br />
que pasaba LV12 Radio Aconquija<br />
y el Concierto en sol de Ravel por la filial de Radio Nacional.<br />
¿Qué pensaría Ravel, el finado,<br />
si caminara como yo en ese momento<br />
por la Gran Salina.<br />
Ravel, púdico sentimental,<br />
te imagino tocando el piano que hoy vi colgado<br />
entre el piso 12 y el piso 13.<br />
Sí, pobre Ravel de 1932<br />
con un tumor en la cabeza que ya no lo dejaba componer.<br />
Ravel tocando solo,<br />
de noche (pero eso sí, absolutamente solo)<br />
los “Valses nobles y sentimentales” en medio de la Gran Salina.<br />
Estoy seguro que se hubiera interrumpido<br />
al escuchar el silbato lejano de la locomotora,<br />
para ver el haz de luz a la distancia<br />
y la penumbra sobre la Gran Salina.<br />
Días pasados fui al Hospital.<br />
Hace años yo andaba por allí,<br />
despreocupado y con mi guardapolvo blanco.<br />
Pero ahora, de simple paciente,<br />
sentí el ruidito angustioso<br />
¡Trank!<br />
de la máquina de sacar radiografías.<br />
¡Y que pase otro! gritó el enfermero.<br />
Pero el otro no podrá explicarme<br />
por qué tengo sed,<br />
por qué voy detrás del agua cautiva de la botella<br />
y de la sal capturada en el salero,<br />
yo, tan luego yo,<br />
capturado en el sueño de la Gran Salina.<br />
Un amigo, alto funcionario estatal,<br />
me ofreció su pase libre para viajar por todo el país.<br />
Total, me dijo, es un pase innominado,<br />
cualquiera lo puede usar…<br />
si se lo presto.<br />
El pase sin nombre me deslumbró<br />
como la marca de la cubierta que leí y releí<br />
cuando cambiábamos la rueda junto a la Gran Salina.<br />
Pero después pensé en Tucumán<br />
(mi segunda provincia)<br />
y en las vértebras azules del Aconquija<br />
horadando las nubes blancas.<br />
Ahora me entero que mi amigo,<br />
el del pase sin nombre,<br />
se separó de la mujer.<br />
Aquí me callo…<br />
Pero el silencio me hace pensar ahora<br />
en lo que no quise pensar cuando miré el pase sin nombre que me ofrecían,<br />
en lo que dejé de pensar hace un momento…<br />
cuando vi pasar el ascensor con una mujer silenciosa<br />
que no me quiso llevar.<br />
Olvidemos el ascensor perdido<br />
y pensemos de nuevo, de frente, en la sal<br />
(cloruro de sodio)<br />
y en el misterio…<br />
Pero como nada es misterio<br />
hagamos una traducción de apuro:<br />
miss Terio<br />
o miss Tedio<br />
o chica rodeada de teros asustados<br />
o algo por el estilo.<br />
Pero no hay distracción que valga.<br />
El ayudante de cocina del vagón comedor<br />
se rasca la cabeza de tanto en tanto<br />
pero sigue pelando papas sin distraerse<br />
en el tren que se acerca a la Gran Salina.<br />
Y el ascensor perdido con la mujer silenciosa<br />
sigue recorriendo kilómetros entre la planta baja<br />
y el piso quince.<br />
El sastre de enfrente que ya comió<br />
se asoma a tomar aire con el metro colgado en el cuello.<br />
Yo pienso en comer, como se ve…<br />
Son exactamente las 14 horas, 8 minutos, 30 segundos.<br />
Y también, no sé por qué,<br />
pienso en el acorazado de bolsillo Graf Spee<br />
que en los comienzos de la última guerra<br />
se suicidó antes que su capitán<br />
frente a Punta del Este.<br />
El Graf Spee yace a treinta metros de profundidad.<br />
Ya nadie se acuerda de él.<br />
Ni siquiera los hombres-rana<br />
que bajaron a explorar sus entrañas.<br />
Pero hasta los hombre-rana<br />
salen a comer a mediodía.<br />
Y a veces, para comer,<br />
sólo se quitan las antiparras y los tubos de oxígeno.<br />
Todavía hay gente que se asombra viendo comer a esos hombres…<br />
con patas de rana.<br />
Los hombres-rana reclaman al mozo la sal que se olvidó!<br />
Dale!… Dale!<br />
Hoy almuerzo con amigos<br />
(si es que no se fueron).<br />
Miraré de costado la sal y pediré pimienta en vez,<br />
porque tengo miedo de quedarme callado,<br />
ya se sabe por qué.<br />
No quiero quedarme callado<br />
ni distraerme,<br />
ya se sabe por qué.<br />
En realidad no se sabe nada<br />
del sueño de la pilas,<br />
de la lluvia sobre la sal,<br />
de la chica del ascensor,<br />
del sastre asomado con el metro colgado<br />
o del tren que pasa de noche indiferente<br />
junto a lo que ya se sabe<br />
y no se sabe.<br />
…………………………………………….<br />
…………………………………………….<br />
…………………………………………….<br />
Hace años creía<br />
que “después del almuerzo es otra cosa”…<br />
es decir que las cosas son otras<br />
después del almuerzo.<br />
Este poema (llamémoslo así),<br />
partido en dos por el almuerzo<br />
y reanudado después, me contradice.<br />
No comí postre.<br />
¡Siento la boca salada!<br />
Pero no voy a insistir.<br />
El domingo pasado,<br />
en casa de un amigo poeta,<br />
conocí a un chileno novelista e izquierdista<br />
que se fue a Pekín y que, posiblemente,<br />
no vuelva a ver en mi vida.<br />
Tímidamente, entre cinco porteños y un chileno izquierdista,<br />
metí una frase de Lautréamont<br />
que como buen franchute es uruguayo<br />
y si es uruguayo es entrerriano.<br />
Una frase (salada) para terminar (o interrumpir) este poema:<br />
“Toda el agua del mar no bastaría para lavar una mancha de sangre intelectual”.</p>
<p><strong>Ricardo Zelarayán</strong></p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.elperseguidor.com/la-gran-salina/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>¿Qué vachaché?</title>
		<link>http://www.elperseguidor.com/%c2%bfque-vachache/</link>
		<comments>http://www.elperseguidor.com/%c2%bfque-vachache/#comments</comments>
		<pubDate>Thu, 30 Dec 2010 12:30:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator>El Perseguidor</dc:creator>
				<category><![CDATA[Resonancias]]></category>
		<category><![CDATA[Discepolo]]></category>
		<category><![CDATA[Tango]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.elperseguidor.com/?p=653</guid>
		<description><![CDATA[Piantá de aquí, no vuelvas en tu vida. Ya me tenés bien requeteamurada. No puedo más pasarla sin comida ni oírte así, decir tanta pavada. ¿No te das cuenta que sos un engrupido? ¿Te creés que al mundo lo vas a arreglar vos? ¡Si aquí, ni Dios rescata lo perdido! ¿Qué querés vos? ¡Hacé el [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><object width="480" height="385" data="http://www.youtube.com/v/fl11qOvA7mY?fs=1&amp;hl=es_ES" type="application/x-shockwave-flash"><param name="allowFullScreen" value="true" /><param name="allowscriptaccess" value="always" /><param name="src" value="http://www.youtube.com/v/fl11qOvA7mY?fs=1&amp;hl=es_ES" /><param name="allowfullscreen" value="true" /></object></p>
<p>Piantá de aquí, no vuelvas en tu vida.</p>
<p>Ya me tenés bien requeteamurada.<br />
No puedo más pasarla sin comida<br />
ni oírte así, decir tanta pavada.<br />
¿No te das cuenta que sos un engrupido?<br />
¿Te creés que al mundo lo vas a arreglar vos?<br />
¡Si aquí, ni Dios rescata lo perdido!<br />
¿Qué querés vos? ¡Hacé el favor!.</p>
<p>Lo que hace falta es empacar mucha moneda,<br />
vender el alma, rifar el corazón,<br />
tirar la poca decencia que te queda&#8230;<br />
Plata, plata, plata y plata otra vez&#8230;<br />
Así es posible que morfés todos los días,<br />
tengas amigos, casa, nombre&#8230;y lo que quieras vos.<br />
El verdadero amor se ahogó en la sopa:<br />
la panza es reina y el dinero Dios.</p>
<p>¿Pero no ves, gilito embanderado,<br />
que la razón la tiene el de más guita?<br />
¿Que la honradez la venden al contado<br />
y a la moral la dan por moneditas?<br />
¿Que no hay ninguna verdad que se resista<br />
frente a dos pesos moneda nacional?<br />
Vos resultás, -haciendo el moralista-,<br />
un disfrazao&#8230;sin carnaval&#8230;</p>
<p>¡Tirate al río! ¡No embromés con tu conciencia!<br />
Sos un secante que no hace reír.<br />
Dame puchero, guardá la decencia&#8230;<br />
¡Plata, plata y plata! ¡Yo quiero vivir!<br />
¿Qué culpa tengo si has piyao la vida en serio?<br />
Pasás de otario, morfás aire y no tenés colchón&#8230;<br />
¿Qué vachaché? Hoy ya murió el criterio!<br />
Vale Jesús lo mismo que el ladrón&#8230;</p>
<p><strong>Enrique Santos Discepolo</strong>, 1926</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.elperseguidor.com/%c2%bfque-vachache/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Alias Tristano</title>
		<link>http://www.elperseguidor.com/alias-tristano/</link>
		<comments>http://www.elperseguidor.com/alias-tristano/#comments</comments>
		<pubDate>Wed, 29 Dec 2010 16:30:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>El Perseguidor</dc:creator>
				<category><![CDATA[Resonancias]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[jazz]]></category>
		<category><![CDATA[Tristano]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.elperseguidor.com/?p=410</guid>
		<description><![CDATA[Hace unos años escribí un cuento que me gusta mucho y dediqué a Diego Fischerman, que sabe de música, de jazz y de obsesiones. El cuento se llama “Alias Tristano” y trata, entre otras cosas, de un pianista boliviano de jazz –se supone irónica o tontamente el único–, el impagable Milton Paniagua.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Tristano no es Tristano; es Paniagua. Sin embargo, al viejo todos le dicen Tristano en el bar Las Palmas de Sarmiento y Paraná. En realidad, le dicen así pero la mayoría no sabe quién es o era Lennie Tristano. Claro que tampoco conocen –menos aún– a Milton Paniagua, el primer pianista de jazz que dio Bolivia –y el último según los peor intencionados–. Es decir que nunca buscó el reconocimiento, pero un redesconocimiento es demasiado inconcluso para él, que tiende a ser nada: lo que persiste de un hombre flaco, viejo y pobre de palabras y manos lentas que sólo se le animan cuando se cuela a la sala de ensayos contigua al bar y se sienta al piano. Y entonces sí que es parecido –dicen los que dicen que lo recuerdan– al desaparecido Lennie Tristano.</p>
<p>Sin embargo, hay otro equívoco ahí, porque se acuerdan mal: Paniagua no es Tristano por parecerse a Lennie.</p>
<p>Si fuera por el perfil –la nariz enfática que gravita y le pesa, inclinada, agobiada por la sobrecarga de anteojos alevosos a lo Stravinsky–, sería un Tristano subrayado, casi un Piana, aunque con todo el pelo ya blanco, incombustible y propio de los de su alta tierra. Pero no es por eso, por la pinta, el perfil o el modo de entrarle al instrumento.</p>
<p>No es cierto incluso lo que podría resultar más lógico: que Paniagua se hubiese ganado el apodo de Tristano por tocar como él o intentarlo, una cuestión de estilo. Tampoco. El suyo –que lo tenía– estaba más cerca, si cabe la desmesura, de la parquedad, la homeopatía rítmica y obsesiva de Monk. Tristano, el verdadero Tristano digamos, el clarividente ciego que trotó unos pocos años al fondo a la derecha de las inolvidables formaciones de Parker antes de abocarse naturalmente a la maestría, era demasiado correntoso y metía muchas más notas que las que necesitaba Paniagua para decir todo (que no era mucho, dicen los mismos peores) lo que el boliviano tenía que decir. Y no ha dejado demasiado para poder comprobarlo, excepto algunas apariciones con el quinteto de Hernán Oliva, muy acotadas, que se pueden escuchar en los viejos registros de Trova. Todo en un segundo plano contenido, tapado y sin ganas de asomar siquiera por entre los firuletes del talentoso chileno. Así que no es por eso.</p>
<p>En realidad, Milton Paniagua es Tristano sólo porque Tristano fue su obsesión. Y fue Enrique Villegas, jodón, harto de su insistencia con el gran maestro blanco en territorio negro, el que lo rebautizó de una vez y hasta hoy, cuando no quedan muchos para testimoniar de primera mano cómo era el ambiente del jazz en Buenos Aires a fines de los cincuenta.</p>
<p>Por esa fecha cayó el pianista boliviano a Buenos Aires, corrido por una de las tantas asonadas militares y periódicas trifulcas institucionales de su patria. Hombre del MNR y precoz funcionario de Cultura de alguno de los Paz Estenssoro, Milton Paniagua combinaba Mariátegui y Manuel Ugarte en la biblioteca con anónimos huainos y Gershwin en la partitura, y Ellington y el inaudito bop en el tocadiscos. Nada de eso se pudo traer en el apuro de la escapada política. En Buenos Aires se convirtió en músico sobreviviente todo terreno y tocó y acompañó en conjuntos estables de Radio El Mundo e incluso estuvo con el versátil Santos Lipesker en Canal 9. Intentando neutralizar tanta devastadora rutina musical con incursiones a las humosas cuevas habilitadas regularmente para dar y recibir acordes más acordes con su sensibilidad, conoció y escuchó al Mono feroz, descubrió en Eduardo Lagos la posibilidad de hacer folklore sin poncho y con piano, y tuvo acaso con Walter Thiers pero seguramente por Radio Municipal, la primera aproximación, el primer encuentro cercano y definitivo con Lennie Tristano.</p>
<p>Lo que escuchó Milton Paniagua aquella noche lluviosa a principios de los sesenta en un programa nocturno que combinaba jazz y poesía –Mingus y Eliot sin anestesia y en dosis hoy inconcebibles– eran grabaciones no comerciales, acaso privadas, de Tristano a piano solo que quién sabe por qué azar o fanático fervor habían llegado a estos confines. Largas secuencias de improvisación tumultuosa, sucesivas tomas de temas obsesivos que iban y volvían como el aire agita una cortina no demasiado liviana pero dócil. En medio de ese torrente nocturno de cargadas notas, en ese ir y venir ciego pero armónico de Lennie picoteando el teclado de ida y vuelta como si lo revisara a fondo, Paniagua oyó desde la cama de pensión, entrevió, reconoció y vio pasar como un avión que enhebra paños grises entre nubes el comienzo –ocho, nueve notas– de “La Telesita”.</p>
<p>Inconfundible, la melodía de la chacarera se insinuaba arrancando de un mar de compases de blues acelerado, saltaba un instante brillando como un delfín a contraluz y se hundía –para nunca volver a asomarse, es cierto, aunque lo esperó– en el sabio oleaje agitado por los dedos de Tristano. Eso era todo. Eso fue suficiente.</p>
<p>Milton Paniagua quedó deslumbrado. Lo contó y se le rieron o, menos que eso, le tiraron explicaciones condescendientes. Afinidades, le dijeron; se sabe: la chacarera es el único ritmo criollo sincopado. O le mostraron consabidas evidencias de evocación rítmica –“El comienzo mozartiano de ‘A fuego lento’, que me perdone Salgán”, dijo uno– para dejarlo sin argumentos. Pero como el hombre que ha visto un ovni, Paniagua se puso –lo pusieron– obsesivo. Intuía, sin haber leído a Borges ni saber de Pierre Ménard, que en la suma infinita de probabilidades la combinatoria azarosa de notas contenía todas las melodías posibles. Acaso Tristano sólo había transitado inconsciente por allí, por esa secuencia de nueve notas –“Te-le-si-ta. La-man-ga-mó-ta”– que alguna vez había dibujado un oscuro compositor santiagueño como quien pisa y calza, corriendo por la arena de la playa, justo donde están las huellas de otro, pasa y se va. Sin embargo, le gustaba más pensar en una evocación, consciente o no, en una cita fugaz, un guiño que estaba dispuesto a rastrear. Y se puso pesado.</p>
<p>Milagrosamente, a través de un oyente consiguió una copia más o menos precaria del programa radial –nadie sabía en Municipal dar noticia del disco original sin fecha ni data alguna– y así pudo escuchar y hacer escuchar los siete minutos y fracción que lo obsesionaban. Sin duda que las descargas eléctricas de aquella noche no ayudaban a la fidelidad de la grabación, pero para Milton Paniagua alcanzaba –a esa altura– con comprobar que no lo había soñado. Tristano estaba ahí y en algún tramo de su improvisación que muchos no querían reconocer entre ruidos de descarga, “La Telesita” galopaba en sus dedos, se dejaba oír durante “tres segundos y un poquito”.</p>
<p>Más allá del escepticismo que lo rodeaba, Paniagua no se rindió. Compró discos raros por correo, se hizo un experto en Tristano, incluso lo buscó infructuosamente por carta y por teléfono antes y después de su muerte. No sabía qué quería demostrar, pero en la pesquisa encontraron sentido años de exilio y puchereo musical.</p>
<p>De esa época data el apodo que le dejó caer Villegas al apuntarle un parsimonioso “The man I love”, monologando de madrugada: “Se lo dedico a mi amigo Tristano, el mejor pianista boliviano. Y con rima”, dijo el Mono. Quedó para siempre.</p>
<p>Las idas y vueltas a La Paz durante los setenta, al ritmo de los Torres o los Banzer que iban y venían del poder dejando abierta o cerrada la puerta tras de sí, descompensaron, desmoralizaron y descapitalizaron definitivamente a Tristano. Entra tantas cosas perdidas, abandonó el piano en Bolivia con las teclas cariadas y un balazo en la tapa, y alguien extravió la vieja cinta testigo de su pasión. Lo que cabe en el ropero de la pieza de pensión y en dos valijas es todo lo que tiene. Le queda, eso sí, el tarareo obstinado de una bella melodía irreconocible y la posibilidad, cuando se cuela a la sala de ensayo contigua al Las Palmas, de sentarse al piano y repetir esa secuencia consabida que, a esta altura, suena como las cinco notas tiradas para arriba en Encuentros cercanos del tercer tipo.</p>
<p>Milton Paniagua no sabe, ni tal vez quiera saberlo ya, que no en cualquiera pero sí en alguna disquería de paladar fino lo están esperando por fin, en un CD importado que ya no le importa, los tumultuosos solos de Lennie Tristano. Y que en algún momento –“tres segundos y un poquito”– “La Telesita” asoma la cabeza, saluda al voleo como buscándolo y sigue bailando como si nada.</p>
<p><strong>Juan Sasturain, </strong>El Caso Yotivenko, 2009</p>
<p><a href="http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-128155-2009-07-13.html">+ info</a></p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.elperseguidor.com/alias-tristano/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
		<item>
		<title>Carlos Gardel</title>
		<link>http://www.elperseguidor.com/carlos-gardel/</link>
		<comments>http://www.elperseguidor.com/carlos-gardel/#comments</comments>
		<pubDate>Tue, 28 Dec 2010 12:30:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator>El Perseguidor</dc:creator>
				<category><![CDATA[Entrelíneas]]></category>
		<category><![CDATA[Resonancias]]></category>
		<category><![CDATA[Gardel]]></category>
		<category><![CDATA[Tango]]></category>
		<category><![CDATA[Urondo]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://www.elperseguidor.com/?p=416</guid>
		<description><![CDATA[Francisco Urondo nació en Santa Fe en 1930. Poeta, periodista, académico y militante político, Paco Urondo dio su vida lunchando por el ideal de una sociedad más justa. ]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Extranjero del silencio<br />
en el mundo arrasado; vertiente de la extrema melancolía<br />
y del coraje y de la velocidad del amor y del miedo.</p>
<p>Dueño de la ciudad, de su memoria blanda<br />
y de la madrugada hambriente y sin sentimientos<br />
y de la suprema cordura de los vagos.</p>
<p>Cómplice de los encuentros,<br />
de la grapa que nos hizo hablar,<br />
loco de la noche, despreocupado amigo del alba, señor de los tristes.</p>
<p><strong>Francisco </strong><em><strong>Paco </strong></em><strong>Urondo</strong> (1930-1976)</p>
]]></content:encoded>
			<wfw:commentRss>http://www.elperseguidor.com/carlos-gardel/feed/</wfw:commentRss>
		<slash:comments>0</slash:comments>
		</item>
	</channel>
</rss>

